Yokais y satoris, idas y vueltas
Este fin de semana, en un viaje a casa de mi hermano, cuarenta minutos de ida y otro tanto de vuelta viendo el paisaje urbano circular por mi ventanilla, tuve, como viendo una película muda, un satori, en los dos significados del término.
El primero, la conciencia de que, desde nuestro presente puntual, se abren, a la manera de vórtices, pasado y futuro, como si fueran dos embudos unidos por la parte más estrecha, que sería el momento y la circunstancia que estamos viviendo. Para los romanos, este momento estaba representado por Jano, dios de las dos caras y al cual se le consagró el mes de Enero comienzo de un año y fin de otro. Por eso, en esos viajes procuro tener dos perspectivas, a la ida elijo un asiento en la dirección de marcha del ómnibus, anticipando el encuentro con mi hermano, cuñada y las mellizas; a la vuelta, un asiento opuesto a la dirección de marcha, deshaciendo el camino de ida y evocando los momentos de la visita; parte del pasado que se aleja a medida que el ómnibus se acerca a la parada donde deberé bajar.
En el viaje de ida, tuve un par de recuerdos que retomé a mi regreso. Son de dos destrezas físicas que puedo precisar la ocasión, pero no la fecha exacta, en que fui consciente de dominarlas. Aprendí a nadar un verano a los seis años. Uno de los embarcaderos del Club de Regatas tenía una escalera que permitía acceder al lago donde yo merodeaba, con ella al alcance de la mano y braceando para mantenerme a flote hasta que fui capaz de alejarme, adentrarme en el lago y volver con boyar “perrito”. Luego, mirando a los nadadores de competición en la piscina, empecé a imitar sus movimientos hasta que desarrollé los estilos crawl, pecho y espalda de manera “razonable”. Las comillas van porque mis estilos “razonables” estaban llenos de vicios que, hace casi tres lustros, cuando empecé a tomar clases de natación con una profesora, llevó meses eliminar; con ella aprendí el temible estilo mariposa que, que hasta ese momento había sido esquivo; no pude hacer lo mismo con la complicada “vuelta americana”.
A patinar con patines on line y luego hockey, empecé directo con un profesor y, más por terquedad que por prudencia, de entrada le quité los frenos a los patines para acostumbrarme a hacerlo como los diestros. No fue fácil, no recuerdo la cantidad de veces que el suelo se escurrió bajo mis pies (hermosa metáfora para fracasos y frustraciones, creo que no he parado de hacerlo desde el día en que nací) inclusive cuando ya era patinador avezado.
En ambos casos mi aprendizaje con docentes fue acompañado con videos por YouTube y lecturas de bibliografía especializada, compras que aportaron tomos a mi biblioteca y me han costado un ojo de la cara (valga el pleonasmo, ¿por qué cuando algo nos sale caro nos cuesta “un ojo de la cara” y no un ojo a secas o un riñón?); en compensación, las veces que he comentado con amigos competencias de natación o partidos de hockey vistos por televisión, mi erudición sobre estos deportes, me hizo acreedor de ser un erudito sobre el tema.
Del recuerdo, de mis experiencias de las clases de natación, en la piscina del Club Armenio, emergen grupos de jovencitas, ya con formas y un poco más maduras por sus cambios hormonales, y jovencitos algo descerebrados que jugaban, como si fueran niños, empujándose a la pileta, o intentando hundir al otro (por lo general del sexo opuesto) y ver que las relaciones y demandas de sus cuerpos han cambiado; esos recreos ya no son tan infantiles y ocultan otros matices, que son enredijos con nuevos entresijos.
En eso satoris (separados por un par de horas), de la última visita a mi hermano y su familia, anticipé el encuentro y circunstancias; al regreso, vi esfumarse lo vivido y especulé sobre qué lograré conservar en mi memoria para escribir sobre ellos. Y al hacerlo, evoco los vaivenes de dos películas: Sin frenos (Premium Rush, 2012); un repartidor que utiliza una bicicleta elemental, piñón fijo, sin cambios ni frenos, en su trabajo de mensajería. Para hacer las entregas lo más rápido posible, todos los días, y con cada encargo, se juega la vida sorteando, con locura kamikaze, coches, autobuses, camiones y todo tipo de obstáculos, no dejando norma de tránsito sin violar. Un día recibe un encargo especial: un paquete “premium rush” que deberá llegar a destino en el menor tiempo posible. Wilee (el protagonista), ahora perseguido por un policía corrupto que quiere hacerse con el paquete, convierte a su trayecto en una carrera de escollos y peligros. La estética recurre a flash forwards y flash backs, muchos con distintas versiones, mostrando cómo una maniobra suicida de regate en el tráfico tiene varias opciones, sólo una no es fatal.
La otra película Corre, Lola, corre(Lola rennt, 1998), cuando faltan veinte minutos para mediodía, Lola recibe una llamada de su novio que perdió los cien mil marcos que debía entregar a su jefe mafioso a las doce, Lola piensa rápido y, dispuesta a lo que sea para salvar a su novio, corre y corre en su búsqueda; lo interesante e innovador de la película es el juego de tiempos desarrollado a lo largo de las tres versiones del relato y sus protagonistas; cada uno explora las posibles consecuencias de una situación: dependiendo de las decisiones que toma Lola, el final de cada versión es diferente.
Sin frenos y Corre, Lola, corre se me asemejan a metáforas de la vida que se identifican con el río de Heráclito; hace eones. No tantos pero, al evocarlos, parecen una eternidad, éramos los hoy adultos quienes, en la piscina, jugábamos esos escarceos o naumaquias de velado pero ostensible erotismo, conscientes, con aprensión y apetencia, de las metamorfosis y nuevas demandas de nuestros cuerpos y hormonas.
Hay dos horas del día conocidas por los fotógrafos, la hora dorada, precede al amanecer, de luminosidad y claridad creciente y la hora azul, previa al anochecer y de oscuridades ascendentes; a estos momentos, en francés se le llama entre le chien et le loup (entre el perro y el lobo), no hay suficiente luz para distinguir con claridad las formas; ambos animales se confunden.
De manera análoga, el otro significado de satori, también ligado a una revelación, alude a un yokai, personaje del folklore japonés que se aparece a los caminantes cuando se extravían en senderos solitarios; este satori lee los pensamientos del viandante y se los dice en voz alta, adelantándose a ellos y de manera tan rápida que el escucha apenas si puede retenerlos y los termina confundiendo. Los yokai conllevan el concepto de que el camino de las evocaciones puede convertirse en un espacio sobrenatural. Y, al caer la noche, el viajero abandona el mundo cotidiano, entra en un territorio donde las reglas normales dejan de funcionar.
De la misma manera los efímeros instantes de hora azul y hora dorada son otras idas y vueltas y otros satoris. Y, así como iluminaron nuestra infancia, ahora iluminan nuestra vida de adultos.
Danilo Albero
