Farmear aura

Casi todos los eventos engendrados por redes sociales tienen difusión internacional masiva, nacen, mueren y son olvidados en semanas para ser sustituidos por otros. Farmear aura tiene el cartón lleno en esta tómbola, ya hay encuentros en lugares públicos de Europa y América, comentados por todos los medios y, con seguridad, desaparecerá antes de que los no iniciados terminen de entenderla.

Por su parte el Merriam Webster Dictionary ya recoge la expresión aura farming como la práctica de realizar acciones destinadas a proyectar una personalidad atractiva o interesante. Todos sabemos lo que es aura en términos sacrales y, para el filósofo y crítico literario Walter Benjamin, aura es aquello que hace única a cada obra de arte, aunque puedan existir falsificaciones o reproducciones de ella. Y el sociólogo Pierre Bourdieu en su ensayo La distinción. Criterio y bases sociales del gusto, no habló de farmear aura, pero anticipó sus procedimientos y habría reconocido enseguida el mecanismo; en La distinción… explicó cómo nuestros gustos funcionan como formas de clasificación social: la ropa que elegimos, los restaurantes que frecuentamos, los libros que leemos, expresan y determinan preferencias personales y familiaridad con determinados códigos.

Ya en el lenguaje de las redes tener aura significa poseer magnetismo personal, presencia, seguridad, estilo y misterio; capacidad de resultar interesante aunque sin parecer interesado en conseguirlo. A lo largo de los siglos hemos usado palabras distintas, honor, gracia, elegancia, distinción, carisma y, a partir del siglo pasado cool, el actor Steve Mc Queen lo tuvo innato, hasta el momento no ha sido superado y por ello fue bautizado “the king of cool” (el rey de la actitud), baste verlo en la película El affaire de Thomas Crown (1968).

Pero en el actual juego de rol aura farming entra a tallar la segunda acepción de farming que da el Merriam Webster Dictionary: “producir o realizar acciones repetitivas, como en un video juego para acumular puntos”. Entonces farmear aura es repetir una serie de gestos o acciones que hagan crecer tu popularidad.

Si bien hay pautas, no una guía ni reglas, cada uno puede adaptarlas de acuerdo a su personalidad; las confrontaciones consisten en que dos jóvenes se ponen frente a frente y repiten con descaro gestos, casi todos de coreografía prescripta que supuestamente elevan su presencia. Estos incluyen, aparte de algunas acrobacias personales, como pararse en dos manos o hacer la media luna, el gesto six seven (mover de manera alternada las palmas hacia arriba y hacia abajo simulando sopesar o dudar entre dos opciones) ya vuelto viral en internet entre las generaciones más jóvenes y que hace el papa León XIV para identificarse con ellos.

Otra mueca al finalizar una serie de bailoteos es el mewing, técnica popularizada en internet, la cabeza ligeramente echada hacia atrás, la lengua apoyada contra el paladar, con los labios cerrados para marcar la mandíbula, mejorar el perfil facial o cambiar la forma de la cara. Con lo cual finalizan su acting pareciéndose a Carlos II, el Hechizado, famoso por su prognatismo. Otro gesto es mandar callar con el índice en los labios, aunque imagino que eso se viene haciendo desde Homero.

En lo que va del año farmear aura sucede al fenómeno de los therians, zoantropía urbana que también convocó encuentros multitudinarios, donde adolescentes se identificaban con perros, que por suerte no tenían leishmaniosis, o gatos (todos muchas veces con máscaras) moviéndose como ellos, aunque no supe de nadie que se identificara con un pulpo o una paloma. Y antes fue cazar Pokemones y otras delicias como el planking (hacer la plancha boca abajo sobre una superficie reducida en lugares públicos) y luego el owling (posarse o agacharse en un lugar elevado o estrecho, con las rodillas recogidas, imitando la postura de un búho y mirando fijamente hacia la distancia). En la práctica, todas estas batallas se parecen a las competencias de breakdance de la década de los ’80, danza creada en el ecosistema de jóvenes afroamericanos y latinoamericanos de los barrios del South Bronx, dos bailarines se enfrentaban en lugares públicos, actuando a la gorra, danzas donde no sólo contaba la dificultad técnica, sino también la actitud y elegancia de movimientos y, a mi entender ya que tuve oportunidad de verlas, con más destreza, ritmo y mérito que las actuales.

Estas competencias de farmear aura en busca de estilo, mostrar magnetismo, seguridad, misterio y presencia, tuvieron un antecedente que pervive. A comienzos del siglo XIX, George “Beau” Brummell convirtió algo aparentemente trivial (vestirse y comportarse de determinada manera) en una fuente de influencia y prestigio social. Su estilo involucraba sobriedad, precisión y atención casi obsesiva al detalle; el talento estaba en lograrlo de manera natural y sin que pareciera costarle demasiado. Esa mezcla que demandaba preparación y práctica para mostrar en público desenvoltura sin postureo fue su forma de interpretar la elegancia.

Pero la idea ya era antigua. En 1528, Baldassare Castiglione había aconsejado en El cortesano evitar la affettazione: afectación y esfuerzo demasiado visible, y reemplazarla por la sprezzatura: capacidad de ejecutar algo difícil haciendo que parezca fácil, sin manifestar el esfuerzo y artificio que hay detrás. Una sofisticación perfectamente ensayada que debe presentarse como espontánea.

Trescientos años después de Castiglione, Luis XIV enfrentó, al comienzo de su reinado, los intentos de la burguesía de reformar la administración francesa de acuerdo con las ideas de la ilustración. Para lograrlo y unificar a la nobleza en torno suyo comenzó con el ceremonial de farmear aura. En Versalles, levantarse, vestirse o comer se convirtieron en ceremonias minuciosamente reguladas del Rey Sol. La proximidad al monarca era un privilegio y participar en determinados momentos de su rutina significaba posición social. Su corte empezó a funcionar mediante un complejo protocolo de etiquetas, jerarquías y ceremonias. Luis XIV no se limitaba a tener poder, debía escenificarlo; farmeaba aura como política estatal. La diferencia es que entonces hacían falta un palacio, una corte y aristócratas de espectadores para su representación. Hoy basta un espacio público, convocatoria a través de las redes sociales y un móvil con cámara.

En La toma del poder por parte de Luis XIV (La prise de pouvoir par Louis XIV) de Roberto Rossellini muestra parte de este protocolo, desde que despertaba hasta su almuerzo en un escenario con la nobleza de audiencia. La película fue hecha para la televisión francesa. Se consigue en videoclubes.

Danilo Albero.

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