De lecturas y su bliss points

Terminé de leer un artículo que, en virtud de ser lector empedernido y aficionado a cocinar (maridaje no morganático, literatura y culinaria van de la mano), me acicateó investigar sobre el tema: el bliss point (punto de felicidad) que, en marketing, se usa como “punto de adicción”. Y el tema, en lo que hace a alimentación tiene su miga.

El punto de partida para este crear este concepto y bautizarlo fue la Segunda Guerra Mundial; en situaciones de combate, los soldados dejaban de consumir sus raciones de combate (combat rations, o CR), que proporcionaban las calorías diarias necesarias: desayuno, un sobre de cacao o café en polvo, leche condensada y galletas; almuerzo y cena: plato principal, galletas, queso para untar y frutos secos.

Estos menús resultaron ser cansadores y muchas veces las tropas dejaban parte de ellos sin comer (el hecho de que los combatientes los bautizaran C-RATS, es un indicador del tedio). Los nutricionistas buscaron maximizar la apetencia de las CR y, luego de ensayos encontraron el bliss point, equilibrar en las comidas grasa, sal y azúcar.

En la década de los ‘60 Howard Moskowitz, doctorado en Psicología Experimental en la Harvard University, estudiólas experiencias de los dietólogos militares de la Segunda Guerra Mundial e indagó cómo las personas perciben y prefieren diferentes intensidades de estímulos gustativos: dulzor, salinidad, acidez, textura; con esta información investigó la oferta de alimentos y productos elaborados.

Como también tenía formación como matemático, jugó con estadísticas y diferentes combinaciones de la fórmula de un nuevo refresco de soda recientemente lanzado al mercado, Dr Pepper, hasta que halló su punto de la felicidad, ahora “punto de adicción”; una combinación de azúcar, aromas de vainillas y cereza, que modificó la composición de la bebida y catapultó sus ventas. Moskowitz tuvo abierta las puertas como consultor de marketing de alimentos elaborados y fue contratado por el grupo Coca Cola. Luego intervino en otros productos: snacks, galletas y chips de papas fritas; descubrió que los comestibles crocantes o crujientes son adictivos per se porque combinan estímulos sonoros, táctiles y químicos que activan el sistema de placer del cerebro.

Cuando ingresé a la primaria sabía leer, al final del primer año ya podía hacerlo con los subtitulados y tuve mi primer bliss point en el cine, cuando dejé de depender de mis padres para que me leyeran los subtitulados. De allí en más devine leedor obsesivo, libros, revistas y, por las tardes, cuando llegaba de la escuela, a la hora del té, fueron radionovelas, muchas adaptaciones de novelas, las escuchaba tomando café con leche y crujientes tostadas con manteca, gusto que pervive hasta hoy. De aquella época datan la dos historias de Julio Verne a las que suelo retornar como adicto: La vuelta al mundo en ochenta días (uno de mis sueños por realizar, es hacer el itinerario de Phileas Fogg, con otros medios de transporte) y Veinte mil leguas de viaje submarino, luego llevadas al cine. De ellas me identifiqué con Phileas Fogg y el arponero canadiense Ned Land, uno con la cara de David Niven el otro con la de Kirk Douglas. No fueron mis únicas novelas como omnímodo consumidor las leí en todos sus formatos; cayeron en mis redes los Bolsilibros Bruguera de relatos del far west, de guerra y ciencia ficción; luego fueron las de Corín Tellado que leían mi madre y tías.

Las radionovelas tenían una característica especial, se cortaban un momento de mayor suspenso, de la misma manera que las revistas de historietas semanales lo hacían con el (continuará). Relaciono esa técnica con otra entrega anual por entregas, ahora de novelas, las de Ian Fleming. En trece años (1953-1966), publicó el mismo número de obras; en 1961, la revista Life publicó una lista de los libros favoritos del presidente John Kennedy, entre ellas, obras históricas y biográficas y un thriller de espionaje contemporáneo, De Rusia con amor; para Ian Fleming fue como para Howard Moskowitz con el refresco de soda, Dr Pepper; catapultaron la venta de sus libros.

De resultas de estas derivas de lecturas y recuerdos, que voy concatenando, se podría definir unbliss point literario, combinación de elementos estilísticos y emocionales que producen placer, satisfacción e interés, pero sin provocar luego, saciedad, rechazo y abandono. Así el problema de la “intensidad” de una novela donde se combinan registros de diálogos memorables, personajes extremos, humor y erotismo puede tener buen o mal final. Al principio logra que el lector experimente entusiasmo, pero si el ritmo no decae, lo hace el ánimo del leedor. El objetivo del bliss point no sería el punto máximo de placer narrativo, sino mantener el máximo de apetito del consumidor.

En literatura es posible formular este desarrollo como: placer, saturación, indiferencia y abandono. Asíel bliss point del arte no es, necesariamente, la máxima intensidad, sino la intensidad óptima en relación con la duración y repetición. Una novela necesita contrastes, necesita partes neutras para que las próximas adquieran fuerza; una escena banal puede preparar una terrible, o una conversación trivial puede preceder a una revelación; una descripción de apariencia poco significativa puede llevar a que la próxima quede grabada; una descripción en apariencia insignificante puede hacer que una imagen posterior se exalte y permanezca en el devenir de la lectura.

Los primeros en desarrollar y luego perfeccionar la técnica del bliss point narrativo fueron los escritores de folletines del siglo XIX donde, cada entrega semanal dejaba abierta la expectativa para seguir leyendo, este arte llevaba a que los lectores, se preguntaran “quiero saber que va a pasar”, se volvieran adictos y continuaran hasta el final; muchos de luego comprarían el libro que compilaba toda la saga. Entre otros libros notables, gran parte de la obra de Julio Verne y la sin par Los misterios de París (publicada entre 1842 y 1843) de Eugène Sue, uno de los creadores de las novelas por entregas.

En la actualidad, en el campo de la literatura comercial, la industria editorial investiga qué combinación de estímulos mantiene a determinado público leyendo y así descubrir una combinación de acicates que puedan captar lectores. Uno de los pasos es contratar autores con éxitos de ventas cuyas temáticas tienen un público seguidor.

Hay un vocablo en inglés, cliffhager (se podría traducir como “quedar colgado de un precipicio”); un final con suspenso que consiste en colocar a un personaje del relato, en situación complicada o intrigante en parte de la historia o al final de un capítulo, y así generar en el lector el deseo de avanzar y no abandonar el libro.

Danilo Albero

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