Páginas en blanco
Ignoro cuando logré romper el asedio de las páginas en blanco; no es jactancia castrense como las del soldado fanfarrón Pirgopolínices de Plauto; escribo todas las horas que estoy despierto y más cuando no lo hago. Toda actividad que realizo siempre está intermediada por algún relato. Para registrarlos, tomo notas, durante mucho tiempo usé libretas de hechura artesanal, hojas A4 lisas y anilladas con tapas; no eran prácticas cuando salía de casa, adopté cuadernos escolares tapa blanda y hojas lisas.
No puedo leer sin lápiz en la mano (y esto se complica cuando lo hago en la pantalla del celular o veo televisión), de cualquier parte puede surgir algún relato o nota. También durante las comidas, cuaderno y lápiz son tan importantes como platos, cubiertos pocillos y tazas. Si estoy leyendo en algún transporte público, las hojas de portada, portadilla y colofón del libro reemplazan al cuaderno.
Esta Fuente Castalia también se alimenta con mi afición por la fotografía y el hábito de observar el entorno circundante; cuando selecciono imágenes para revelar lo hago pensando en la historia que encierran (requisito imprescindible); no es cierto aquello de “una imagen vale por mil palabras”, porque la imagen sin palabras, no se sostiene. Allí están La Biblia, y Metamorfosis de Ovidio, los libros que más pintores han inspirado. Por eso ya no temo a las páginas en blanco; cuando tomo la decisión de escribir, he meditado el rumbo y con qué vientos navegaré para llegar a destino; lo imprevisible son las dificultades de la derrota y el tiempo de la singladura. Y en estos momentos de calma chicha la reflexión de Hemingway es una excelente bitácora: “sentarse, escribir y escribir hasta que sangre”; dado este paso, el relato fluirá autónomo: “como si alguien te lo dictara al oído”.
Las fronteras del mundo a crear con palabras, como lo hizo Dios al comienzo del libro Génesis, las da el género: crónica, ensayo, cuento o novela. En algunos casos los lindes pueden desplazarse, incluso mezclarse. Ensayo, crónica o entrevista tienen reglas algo más estrictas, otro tanto le sucede al poeta que opte por el soneto, deberá ajustarse a la estructura, ritmo y metro. Fuera de eso la libertad es casi total. Al escritor de no ficción no le está permitido (no es lícito, aunque muchos lo hacen) fraguar la realidad que documenta; poetas, cuentistas, novelistas y dramaturgos son libres de inventar geografía y saltos temporales que mejor se adapten a sus proyectos. Estos lindes los demarcó Aristóteles en su Poética cuando aclaró: “El historiador y el poeta no difieren porque el uno utilice la prosa y otro el verso (se podría trasladar al verso la obra de Heródoto, y no sería menos historia en verso que sin verso), la diferencia reside en que el uno dice lo que ha acontecido y el otro lo que podría acontecer”.
De esta libertad y limitaciones frente a la página desocupada o inconclusa ya da cuenta la poesía épica de autores griegos y latinos. En Ilíada aflora esta primera duda en los versos iniciales: “Canta, oh Diosa,…”, el poeta sabe lo que va a contar sólo que él repetirá lo que la Musa le diga, o cante, por su boca. El próximo cambio de rumbo aparece en el mismo Homero cuando en Odisea anticipe: “Cuéntame musa”; el giro ahora está intermediado por la versión y variaciones de los hechos que hará el autor del relato, muchas veces ya conocido por la audiencia que disfrutará con esa nueva adaptación. A su vez, en el comienzo de la Eneida, Virgilio omite a la Musa: “Canto a las armas y al hombre” (Arma virumque cano), aunque, como Homero, contará una historia que la audiencia no ignora; en su caso, narrar la glorificación de Roma y del emperador Augusto, su mecenas y protector. Más allá de su indiscutible valor y trascendencia en la historia literaria, la Eneida fue una obra escrita por encargo del emperador; los romanos se jactaban de ser descendientes del troyano Eneas, hijo dilecto de Venus, y de sus compañeros. En este rumbo laudatorio están los (olvidables) versos de Nicolás Guillén: “Stalin, Capitán, / a quien Changó proteja y a quien resguarde Ochún. / A tu lado, cantando, los hombres libres van…” (¿!).
Sin duda el paso más importante en la independencia del autor y su libertad de narrar lo dio Ovidio al comienzo de Metamorfosis: “Mi inspiración me lleva a hablar…”; el escritor ha meditado largamente lo que va a escribir, se documentó y trazó un plan de trabajo, sabe qué va a narrar y cómo lo hará. No sólo ha prescindido de la Musa, sino también del mecenas y profesa su arte en libertad. Pero Ovidio fue desterrado por Augusto, el castigo por su carmen et error (un poema y un error) deja constancia de que el ejercicio de la libertad a la hora de empuñar, ya que no la espada, la pluma, no es gratuito; un artista puede arriesgar su libertad o su vida como un soldado en el campo de batalla.
De allí el valor de la actitud del escritor frente a su hoja en blanco, necesitamos narraciones para poder entender la realidad (al decir de Wilde), historias de personajes del presente o del pasado, imaginarios o reales. Relatos que iluminen y ayuden a desmitificar otras ficciones, de ideologías o propagandas, o perimidos patrones estéticos: “los escritores cuentan mentiras para encontrar la verdad”, dicen que dijo Albert Camus. Sentencia válida, a la hora de escribir ficción o poesía, empezar una obra plástica o rodar una película.
Estas maneras de enfrentar la página en blanco no existirían a no ser por el primer regalo, que según el Corán, Dios le hizo al hombre; vemos al comienzo de la Sura 96: “¡Lee en el nombre de tu Señor, Que ha creado, / ha creado al hombre de sangre coagulada! / ¡Recita! Tu Señor es el Munífico, / Que ha enseñado el uso del cálamo (para escribir y, por extensión, la escritura), / ha enseñado al hombre lo que no sabía”.
Hace un par de días volví a ver la película Patterson (2016) de Jim Jarmusch. El protagonista es un conductor de ómnibus que, en las paradas al final de cada recorrido, inspirado en lo que ha visto, escribe en una libreta ideas para poemas que elaborará al llegar a su casa. Un fin de semana, al regreso de un paseo con su esposa, descubre que su perro ha destrozado la libreta. Desolado, sale a caminar y se arrellana en un banco mirando el río. Poco después se sienta junto a él un japonés que saca un libro de poesías de William Carlos William, el protagonista le pregunta qué hace en Paterson.
El turista responde que ha viajado para conocer la ciudad que da origen al título del libro de William Carlos William, volverá al día siguiente a Osaka y quiere saber si él es también poeta; el protagonista responde que es chofer de autobús, escribe poesía y le cuenta la historia de sus poemas perdidos. Al momento de despedirse, el japonés le da como regalo un cuaderno sin usar, y le dice: “a veces las páginas en blanco dan más posibilidades”.
Y yo tenía esta nota.
Danilo Albero
