Cádiz e insólitas sorpresas.

Visitar por primera vez una ciudad predispone a imprevistos hallazgos y sorpresas; Phileas Fogg en su Vuelta al mundo en 80 días, da cuenta de casi todas las opciones. Ya la encargada de vender los pasajes por ferrocarril a Cádiz nos advirtió que, consecuencia del accidente en Adamuz, los viajes de regreso podían tener demoras y nos aconsejó hacerlo por ómnibus.

La primer sorpresa insólita fue la solera de nuestro departamento en el “Tandem suites Palacio del veedor de galeras”; síntesis de la historia marítima de Cádiz. El edificio porta prosapia que nos recibe en una enorme placa de bronce en el hall de entrada. Construido en 1647 por un acaudalado funcionario que fiscalizaba las cargas de los barcos que hacían el tráfico con América, a su muerte lo adquirió una familia de importadores de cacao, luego pasó a manos de un ingeniero francés que alojó al duque de Wellington durante la campaña contra Napoleón. A principio del XX el nuevo propietario restauró la fachada original y cerró el enorme hall de entrada con un techo de vitrales art decó. Desde hace 10 años es propiedad de la actual empresa hotelera Eurostar.

El día siguiente hicimos las compras donde descubrimos la infinita variedad de frutos de sartén gaditanos que hacen de sus mercados un paraíso de los golosos. Empezamos recorriendo las pérgolas de la Alameda Apodaca, que miran hacia el norte del Atlántico, profusa en bustos de próceres de la independencia americanos, pese a que el general San Martín pasó parte de su juventud y formación militar en Cádiz, su presencia no está registrada.

Llegamos al Mercado Central de Abastos al momento del cierre de la nave central, destinada a la venta de pescado y mariscos, mientras los propietarios limpian con mangueras los mostradores, bandadas de gaviotas que vienen desde el sur, donde las olas del Mar del Vendaval rompen contra las escolleras de la costa, entran con vuelo rasante y se disputan los restos para salir volando. Gaditanos y turistas sacan foto del espectáculo.

Al día siguiente, visitamos las ruinas del Antiguo Teatro Romano levantado sobre los basamentos de ruinas fenicias. Un trayecto por túneles nos lleva desde los cimientos a las estradas. El recorrido termina en un salón con fragmentos de mármoles con registros de mecenas y poderosos que contribuyeron en la construcción del teatro. Un video muestra en qué consistían los espectáculos con reproducciones y fragmentos de algunas comedias de contenido subido de tono y vestuario mostrando hipertrofiadas partes pudendas; por esta razón las damas tenían ubicación en las gradas superiores, separadas de los caballeros. Seguimos hasta el Archivo Histórico Provincial donde Beatriz consiguió la información sobre cartas particulares del S. XVII; los documentos están en el Archivo Histórico Municipal del Puerto Santa María, a unos 30 kilómetros de Cádiz; la bibliotecaria nos comunicó con la archivista y consiguió una cita para el día siguiente.

Según algunos historiadores, el Puerto Santa María habría sido el primer asentamiento de Cádiz, dice su leyenda que el fundador de la ciudad fue Menesteo, rey ateniense que participó en la guerra de Troya, cuando regresó a su patria había perdido el trono y emigró sin rumbo para recalar en esta costa, donde fundó la ciudad, Puerto de Menesteo, unos 200 años antes que los fenicios se establecieran en Gadir, hoy Cádiz. Con el tiempo Puerto de Santa María rivalizó con Cádiz en el tráfico con las colonias de América, hasta el punto de ser conocida como ”la ciudad de los 100 palacios”. Realizadas las consultas de Beatriz, visitamos el Castillo de San Marcos, edificado sobre una antigua mezquita por Alfonso el Sabio, autor de las Cantigas de Santa María.

Terminamos el recorrido en el Ayuntamiento de la ciudad, que alberga en sus cuatro pisos la “Exposición de los cargadores de Indias”. Exhibe cómo eran, en la época, los cuartos y mobiliarios de servidumbre y propietarios. Un salón con maniquíes con ropas de moda y cartelas informando costumbres sociales a lo largo de dos siglos; luego muebles y escritorios; notable la presencia femenina como propietarias o administradoras de flotas. Finaliza con un salón con la réplica de camarotes de galeones, vestimenta de marineros, cómo vivían y se alimentaban, incluidas listas de provisiones y menú diario. Para el regreso optamos por catamarán, un viaje de 30 minutos.

El viernes visitamos el Yacimiento Arqueológico Gadir, ubicado en los cimientos del Teatro de títeres de la tía Norica. Restos de edificios, trazas de calles, vestigios de la vida cotidiana, habitaciones y cocinas, destruidos por un gran incendio, incluido los restos de un fallecido por inhalación de humo, el recorrido está orientado por un video que recrea la vida cotidiana en la Cádiz fenicia. Terminamos la jornada en la Torre Tavira, construcción del siglo XVIII y uno de los puntos más altos de la ciudad que alberga la cámara oscura en el último piso. Es un dispositivo óptico con un periscopio que muestra la ciudad en tiempo real proyectada sobre una superficie blanca, circular y ligeramente cóncava, dentro de una sala oscura, la guía va moviendo el periscopio 360 grados y recorre la ciudad: calles, plazas, el puerto, gente caminando.

El sábado, penúltimo día, hicimos una caminata a lo largo de la playa atlántica, bordeándola, desde el Parque Genovés hasta el Castillo de San Sebastián, a mitad de camino el Castillo Fortaleza de Santa Catalina, con dos pequeños museos, uno de ellos muestra los restos e historia del entierro de una joven aristócrata romana y explica la ceremonia fúnebre que duró varios días. En la playa, un monumento a los muertos en las pateras.

El Domingo de Ramos asistimos a la procesión, como sólo habíamos visto en noticieros. Un oportuna compañera gaditana nos explica, y tomo notas, de personajes y ceremonias que siguen a la banda musical; los encapuchados que acompañan a los portadores de las enormes plataformas, o andas, con imágenes religiosas Cristo, la Virgen o santos, los anderos. Los ocultos costaleros, encubiertos bajo cortinados que llegan hasta el piso, cargan la estructura apoyando el peso sobre los hombros. Cada anda es precedida por dos capataces uno a izquierda y otro a derecha que con sus “llamadores”, bastones metálicos con el que golpean el piso, dan órdenes, seguidas por los costaleros que, encerrados, caminan a ciegas sin ver el exterior. Anoto algunas de las órdenes en momentos de la procesión “¡Levantá, alcielo con ella!”, subida enérgica. “¡Andando!”, reinicio de la marcha. “¡Pararse ahí!”, detención; el trayecto se complica al doblar alguna esquina. La marcha tiene la cadencia de un balanceo de izquierda a derecha que, nos explica nuestra compañera, es para aliviar el peso de la carga sobre los hombros de los costaleros.

En Madrid se ven algunos perros en las calles, a veces más en el subterráneo, pero no vimos a nadie recogiendo sus heces, si restos de ellas en pisadas por la acera. En Cádiz no solo las recogen en una bolsita plástica sino que rocían el lugar, y donde orinan, con un líquido desinfectante que llevan en un anexo al estuche de las bolsas.

Danilo Albero

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