De homonimias y polisemias
Releí fragmentos marcados de El Buscón, quizás en busca de un poco de sutileza poética en estos momentos en que los lenguajes prosaicos y ramplones han invadido la realidad cotidiana y el discurso de políticos. Cuando nuestro actual presidente habla de periodistas y opositores como “mandriles con adermicina” (clara alusión a que los violó, de allí sus nalgas rojas y la necesidad de un cicatrizante) y a un gobernador de la oposición, “eunuco impotente” ─detalle no menor, el gobernador tiene dos hijos, el presidente solo “hijitos de cuatro patas”─. Y periodistas radiales y televisivos hablan de “hacerse el pelotudo”, “me chupa un huevo” o “me da por las pelotas”; cuando yo era chico, nos hacían escuchar radio para “aprender a hablar bien”. No diría lo mismo en estos momentos.
Hace un par de años tomé nota de un artículo de un académico de la RAE donde aclaraba que Cervantes empleó 23.000 palabras diferentes mientras que hoy un ciudadano común usa sólo 5000 ─basta leer El viaje del Parnaso para ver, basado en su experiencia embarcado en la batalla de Lepanto, los símiles poéticos de las distintas partes de una galera: “la popa, de materia estraordinaria, bastarda, y de legítimos sonetos… la racamenta, que es siempre parlera, / toda la componían redondillas… / todas las obras muertas componían / o versos sueltos, o sestinas graves / que a la galera más gallarda hacían”.
Leyendo diarios y notas de escritores conocidos veo que muchos difícilmente lleguen a las 4999. Hojeo en una librería la contratapa de un libro sobre sobre autora, hecha por una compatriota, escritora y periodista, que publica en medios extranjeros, “ella es un satélite cándido y lascivo a la vez”; lascivo es lujurioso, antónimo de cándido. Recuerdo una nota en El País de Madrid donde un compatriota novelista y corresponsal, residente en España, portador de múltiples premios, periodísticos y literarios, habla de “cucarachas y otros animales” ─me recuerda una mención de Pío Baroja de un cartel que vio en el madrileño mercado de El Rastro: “se venden galápagos y otros animales domésticos”.
Me fui por las ramas; releí El Buscón, decía, y me encontré con este delicioso fragmento cuando el protagonista se refiere a su padre: “Por estas y otras niñerías, estuvo preso; aunque, según a mí me han dicho después, salió de la cárcel con tanta honra que le acompañaron doscientos cardenales, sino que a ninguno le llamaban ‘señoría’ ”. Más adelante, cuando habla de su madre: “Hubo fama que reedificaba doncellas, unos la llamaban zurcidora de gustos; otros algebrista de voluntades desconcertadas, y por mal nombre alcagüeta”. En estos dos párrafos, Quevedo hace un uso magistral del lenguaje poético a través de dos recursos: la homofonía ─palabras que suenan igual pero con significado distinto ─ y polisemia ─vocablos que admiten más de una interpretación─ para retratar a los genitores del narrador e introducirnos, con son de guasa, en su novela picaresca, la vida de Don Pablos.
En el caso del padre, la homofonía se lee en la ironía con que refiere a los castigos recibidos en prisión ─exaltada por el “según a mí me han dicho”─ ya que los cardenales mencionados son las marcas violáceas de los azotes recibidos, por eso “a ninguno le llamaban ‘señoría’ ”, y no la autoridades eclesiásticas. En el caso de su madre, utiliza la polisemia para esbozarnos su oficio, “reedificaba doncellas”, que refiere a volver a construir, restaurando lo deteriorado, en este caso la virginidad, cosiendo el himen de jóvenes que pretende casarse, por eso la llamaban “zurcidora de gustos”; y “algebrista de almas desconcertadas”, donde algebrista no es un matemático sino el médico especializado en tratar huesos dislocados, desconcertado alude a la luxación. Por eso el final del retrato de la madre, “y por mal nombre alcagüeta”.
Una de las posibilidades más bellas del lenguaje poético es el virtuosismo en el uso de polisemias y homonimias; permiten expresar mensajes con más de un sentido, que pueden ser interpretados por el lector o recitador con distintos matices. Siguiendo con el estilo de Quevedo, dejo de lado la homofonía ─tuvo y tubo─ y voy a la polisemia; dos ejemplos de palabras trisémicas: busto (pecho femenino; escultura; parte superior del cuerpo humano) y cañón (pieza de artillería; parte de un arma de fuego; accidente geográfico), en este último caso, cuando padecemos películas bélicas, donde se habla en inglés, dobladas o subtituladas al español, encontramos, ¡maravilla!, con que barrel (barril y cañón de arma de fuego) es traducido, de manera ineluctable: “barril”.
Rescaté una pentasémica: casco (protección para la cabeza; urbano; cuerpo del barco; uña del animal, recipiente), me quedé corto pienso que admite por lo menos tres acepciones más, lo cual la hace octosémica.
De la relectura de El buscón, me acude este soneto de Quevedo, que me jacto de saber de memoria, y que hoy corre el riesgo de ser censurado por políticamente incorrecto y machista ─dejando de lado las connotaciones de puto, en la época, además del fatigado “que comete pecado nefando”─, Desengaño de las mujeres: “Puto es el hombre que de putas fía, / y puto el que sus gustos apetece; puto es el estipendio que se ofrece / en pago de su puta compañía. / Puto es el gusto, y puta la alegría / que el rato putaril nos encarece; / y yo diré que es puto a quien parece / que no sois puta vos, señora mía. / Más llámenme a mí puto enamorado, / si al cabo para puta no os dejare; y como puto muera yo quemado / si de otras tales putas me pagare, / porque las putas graves son costosas, / y las putillas viles, afrentosas”.
En el segundo verso del segundo cuarteto “rato” puede aludir al espacio breve de tiempo, pero también a un gusto o disgusto pasajero.
En el primer verso del segundo terceto “pagare” alude a la afición o encariñarse; y en el segundo verso “grave” también puede referir a una persona muy importante o de alcurnia.
Es fácil adornar el vuelo del propio prestigio con plumas ajenas, por eso me refugio en este otro soneto de Quevedo que lleva el acápite: “Aconseja a un amigo que estaba en buena posesión de nobleza, no trate de calificarse, porque no le descubran lo que no sabe” y donde le recuerda la historia de Faetón. Este, persuadió al dios Apolo para que lo dejara conducir el carro del sol y así demostrar a sus amigos que, efectivamente, era su hijo. Faetón perdió el control del carro, puso en riesgo al cielo y a la tierra, fue fulminado por el rayo de Zeus y cayó frente a la costa de Venecia, Ovidio cuenta la historia en Metamorfosis y Rubens la representa en un cuadro, dice Quevedo: “Estudia en el osar de ese mozuelo, / descaminado escándalo del polo; / para probar que descendió de Apolo, / probó, cayendo, descender del cielo”.
El comienzo de nuestra actual decadencia, moral y política, es por malhablados profusos en vulgarismos y parvos de lexicón.
Danilo Albero
