De la valía de la ficción
La aventura de los batanes, en el capítulo XX de la primera parte Don Quijote de la Mancha, me parece sugestiva por sus correspondencias (como las define Baudelaire); es un prodigio de tramas sensoriales que convocan a la lectura e imaginación.
Una noche, el de la Triste Figura y Sancho Panza, paran en las cercanías de un río y sienten, acompañado por el murmullo del agua, el estruendo amenazador de un golpeteo rítmico; don Quijote se apresta para avanzar entre las sombras y combatir a los causantes del fragor. Su apavorado escudero, lo convence de esperar la luz del día, y para asegurarse, puesto que el caballero no descabalga, se aferra a su pierna izquierda. A fin de que olvide y desista de su idea hasta la llegada del sol, Sancho entretiene a don Quijote con una larga historia que va inventando.
El relato de la espera es una trama de sucesos de lo ensoñado y comentado por los protagonistas en esa duermevela. Son sensaciones auditivas, visuales, y olfativas, de lo supuesto, dicho e imaginado que finaliza, a la salida del sol, con el inesperado desenlace. El episodio culmina al amanecer y se revela la causa del estruendo: los batanes. La enseñanza de este capítulo, en mi parecer, es el valor de la literatura y la ficción como forma de aprendizaje, estimulo de la creatividad y dominio del tiempo.
Hoy, en muchos países, las políticas presupuestarias en materia de educación privilegian la enseñanza de la tecnología y la informática en detrimento de la literaria. El inane y fatigado argumento de sus ejecutores es que las bibliotecas electrónicas y la inteligencia artificial han tornado caduco y obsoleto conocer el arte del uso de la palabra. Nada más desatinado y erróneo, los lectores estamos convencidos de que los sabios y profesionales que se han destacado y lo harán en años venideros son aquellas personas capaces de trabajar la información con las leyes elementales, aunque no fáciles, del arte literario.
La vida y obra de un narrador es la literatura y dedicarse al oficio, pero, pese a destacados premios que valoran la actividad, para muchas personas sigue siendo vista como una excentricidad sólo apta de figurar en un gabinete de maravillas (en algún momento el escritor Isidoro Blaisten, que además fue librero, se refirió a la frase de un vecino “cómo va a ser escritor si vive en mi edificio”), pero para eso los detractores deberán informarse qué es un gabinete de maravillas. Por lo tanto, para hablar de un tema que me atañe y tratando se ser objetivo, creo que la mejor manera para convocar a nuevos lectores es hablar de la literatura desde su propio espacio y leyes.
Las herramientas para conocer y entender obras literarias son básicas y sencillas, se adquieren en la primaria cuando aprendemos a leer y escribir; tan sólo eso. Así leer, y su inmediato valor agregado, escribir y expresarse con claridad es algo fundamental para aprender a pensar y discernir. Hoy en día disponemos de Internet, que nos permite consultar, inclusive desde el celular, diccionarios, averiguar datos históricos y geográficos, leer prensa nacional e internacional (muchas veces con la posibilidad de traducción al idioma del lector), o bajar PDF de textos agotados. La diferencia entre un buen o mal leyente aflora a la hora de tamizar y separar la paja del trigo, seleccionar y comprobar la veracidad de la información obtenida. In altre parole, de sus saberes letrados o su carencia.
Hoy en día está en el foro la polémica de lo lícito o no de obras redactadas sólo con inteligencia artificial. ¿Es válida la poesía escrita mediante esa ayuda? No creo que pueda expresar pasiones, grandezas, odios y rencores como lo hicieron Quevedo y Lope, cuya obra lírica y poemas de amor siguen vigentes y conmovedores. Lo que permitirá distinguir a dos creadores que abrevaron de la Fuente Castalia de Internet, es la capacidad de aquel que aprendió a leer y escribir con rigor del que no; y aquí tallan los conocimientos literarios.
Funes el memorioso de Borges es un personaje interesante para entender este proceso. Funes, por tener el conocimiento del mundo archivado en sus recuerdos, no podía olvidar cosas ni hechos y, a partir de ese olvido, crear o recrear. A casi noventa años de la publicación de este relato no veo mejor alegoría que explique el correcto uso de la información disponible por Internet; el poder tamizarla demanda del aprendizaje y conocimiento de las letras y así utilizarlo. Para explicar racionalmente el mundo todavía no se ha inventado nada mejor que las palabras, sus sutilezas y correcto uso.
No existen más vocablos que los conocidos y sólo la literatura, permite inventar términos nuevos que remiten a nuevas ideas y conceptos. Así lo hizo William Gibson en su novela Neuromante (Neuromander, 1984), allí nos cuenta las andanzas de un pirata informático (hoy lo llamamos hacker) enfrentado a una poderosa inteligencia artificial.
Los griegos fueron los primeros en utilizar la literatura como camino para explicar y ordenar el mundo con palabras, nombrar las cosas y relacionarlas; lo hacen Dios en el libro Génesis y Alá en el Corán (su primer don al hombre es enseñarle a leer y escribir). Matemáticos y filósofos griegos indagaron sobre el universo, leyes físicas, fenómenos atmosféricos, salud, crecimiento y reproducción de plantas y animales, la vida y la muerte, la historia de la humanidad; y, ante el yermo de dudas sembraron hipótesis. La literatura les permitió imaginar fuerzas superiores que regían el destino de los hombres, también instrumentos para explicar y comprender el mundo; a ellos debemos gran parte de nuestra cultura occidental. Y para explicar sus procedimientos mentales, me acude la referencia de “El arte narrativo y la magia” de Borges. Leo en “El arte narrativo y la magia”, su reflexión a propósito de la novela de William Morris The Life and Death of Jason (1895); donde para hacer su relato verosímil: “… necesitaba una fuerte apariencia de veracidad, capaz de producir esa espontánea suspensión de la duda que constituye para Coleridge, la fe poética…”
Hoy pese a la velocidad de Internet, de vuelo más gallináceo que los filósofos griegos, hemos cambiado a los dioses antiguos por sus parodias, las consultamos, utilizamos y manipulamos con temeridad. Como Eúcrates, el aprendiz de hechicero de Luciano de Samosata, esos conocimientos, sin saber utilizarlos, pueden volverse en contra nuestro.
Y en algún momento, como ha ocurrido, puede acontecer un apagón informático a nivel universal; que no dure unas horas sino meses. Internet se volverá como el cielo al comienzo de Neuromante :“The sky above the port was the color of television, tuned to a dead channel” (El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisión sintonizado en un canal muerto).
Entonces el teclado del computador sólo servirá para escribir; deberemos volver a los estantes para informarnos o inspirarnos.
Danilo Albero
