Homo pugnans y homo ridens
En Odisea, Néstor, rey de Pilos, acoge a Telémaco cuando este acude en busca de noticias de Odiseo, su padre. El anciano Néstor, activo protagonista de La Ilíada, participó en el asedio y caída de Troya; dada su edad no pudo combatir, pero su elocuencia y prudentes consejos ayudaron a superar conflictos y mantener alta la moral de los aqueos. En premio a su papel, finalizada la guerra, los dioses le concedieron la gracia de realizar su viaje de regreso al hogar (nostos) sin percances.
Néstor es el primer personaje literario que encarna el tópico Sapientia et fortitudo (sabiduría e intrepidez), marca de la literatura grecolatina que culmina con el viaje del justo y juicioso Eneas, desde su fuga de Troya hasta recalar en la península itálica donde será un antepasado de los fundadores de Roma.
Durante el Renacimiento, el motivo literario Sapientia et fortitudo fue renombrado como “de las armas y las letras”, fusión de la vida artística y actividad militar (excluyendo la idea de sabiduría y enfatizando en intrepidez y valor) que tuvo su acmé en la España del Siglo de Oro. Centuria prolífica en guerreros, entre otros: Calderón, Lope de Vega, Cervantes (en la primera parte de Don Quijote, nos habla en un capítulo “Del curioso discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras”) y Garcilaso, quien nos dejó en los endecasílabos de su Égloga III: “…entre las armas del sangriento Marte, / do apenas hay quien su furor contraste, / hurté de tiempo aquesta breve suma, / tomando ora la espada, ora la pluma…”.
Así la guerra quedó instalada como tópico para narradores y poetas; menudearon combatientes que empuñaron ora la espada, o el fusil, ora la pluma, como otra compulsión del homo sapiens, una de las pocas especies del reino animal que se dedican a guerrear, sitial compartido con algunas especies de hormigas y simios. Contumaz pasión que se funde con el arte para engendrar el “arte de la guerra”, que abarca desde Sun Tzu, hace dos mil seiscientos años, a Maquiavelo para recalar, en la primera mitad del siglo XX, en sir Basil Liddell Hart (brillante pensador cuya obra llamó la atención de Borges).
A partir del siglo XIX los avances de la revolución industrial proporcionaron a las naciones la capacidad de fabricar armas más letales y en grandes cantidades, las bajas aumentaron a cifras otrora jamás pensadas. Surgió otra visión de narradores y artistas; lo épico y heroico abrieron paso a reflexiones sobre la naturaleza humana; Ambroise Bierce, que participó en el bando de la Unión, en la Guerra Civil de los Estados Unidos, reflexionó en un cuento: “por virgen y accidentada que sea una geografía, los hombres llegarán a convertirla en un teatro de la guerra”, escenario al que, el siglo XX, habrá de incorporar selvas impenetrables, desiertos, dominio bajo el agua y en el aire. A esta compulsión, en la que participaron artistas devenidos guerreros, o al revés, se sumó, en el siglo XIX, el surgimiento de los nacionalismos, que convirtieron las poblaciones en ejércitos, borrando la diferencia entre civiles y soldados.
Los nacionalismos también contribuyeron a la difusión de competencias deportivas. Luego de la Guerra Franco Prusiana, el barón Pierre de Coubertin (1863-1937), educador francés, creador de los Juegos Olímpicos Contemporáneos y del Pentatlón moderno (tiro al blanco con pistola, esgrima, natación, salto ecuestre y carrera cross country, habilidades exigidas a los edecanes de Napoleón), buscó entender las razones de la derrota de su país. Concluyó que la causa se debía a que los soldados alemanes tenían mejor estado físico que sus compatriotas. Coubertin estudió a fondo el sistema de gimnasia en colegios alemanes y británicos y reflexionó: “aunque no consta que hayan influido en el desenlace de Waterloo, es indudable que en los campos de juegos de Eton se deberán decidir las próximas batallas”. Con esta reflexión se hizo eco de las palabras de Dracontio (dichas dos mil trescientos años antes que él) y registradas por Jenofonte en Anábasis; cuando los soldados espartanos pusieron reparos sobre el abrupto lugar elegido por Dracontio para los juegos deportivos: “¿Cómo podrán competir los atletas en un terreno tan duro y tan cubierto de árboles?” (objetaron los combatientes devenidos participantes), él respondió: “Así lo sentirá más el que caiga.”
Por otro lado, las modernas contiendas aportaron cambios tecnológicos y científicos que redundaron en la mejoría de la calidad de vida: anestésicos en la Guerra Civil Estadounidense; cirugías, ortopedias y transporte aéreo en la Primera Guerra Mundial; en la Segunda, entre otras: antibióticos, tejidos sintéticos, dietas balanceadas en calorías, seda artificial y frenos a disco.
En La guerra. Cómo nos han marcado los conflictos, la historiadora Margaret McMillan reflexiona: “luchar y matar está tan íntimamente unido a lo que significa el ser humano que considerarla una aberración es un error. Llevamos la guerra dentro, porque la guerra la hacen los hombres, no las bestias ni dioses”. En las artes, la Primera Guerra Mundial fue prolífica en ex combatientes poetas, narradores y pintores, además contribuyó a difundir la fotografía y cinematografía. En el campo de la plástica los argentinos nos anticipamos casi en medio siglo, en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires se puede apreciar la obra de Cándido López sobre la Guerra del Paraguay, manco como el de Lepanto (perdió el brazo derecho en la batalla de Curupaity), aprendió a dibujar con la mano izquierda.
A la Primera Guerra, sobrevino la Guerra Civil Española, Hemingway escribió sobre las dos, pero la primera lo marcó en el argumento de novelas y creó su alter ego Nick Adams, protagonista de varios relatos. Luego sucedieron Corea, Viet Nam, los Balcanes, Irak y Ucrania todas, menos la última (hasta ahora), acompañadas de novelas, cuentos y películas.
Volviendo a la Primera Guerra, esta aportó una nueva visión literaria en la obra de Jaroslav Hasek con su novela Los desatinos del buen soldado Svejk durante la guerra mundial (1921) (las aventuras de un ciudadano con pocas luces del imperio austro húngaro, diestro en el arte de sobrevivir, que se las ingenia para quedar en retaguardia). Con esta obra irrumpió una visión mordaz, cómica y satírica sobre el arte de matarse, llevada a la pintura caricata en las pinturas de George Grosz y Otto Dix. En esta fuente castalia abrevaron: Joseph Heller con Trampa 22, las desventuras de los tripulantes de un brancaleónico escuadrón de bombardeos en la Segunda Guerra; y El arco iris de la gravedad de Thomas Pynchon, donde al protagonista se pone arrecho cuando están por caer las bombas voladoras V2 sobre Londres. Y esto tampoco es nuevo.
Homero también nos dejó Batracomiomaquia o Batalla de los ratones y las ranas, parodia de La Ilíada que, sin duda, inspiró al Arcipreste de Hita para su “Batalla de Don Carnal y Doña Cuaresma”. Otro tópico literario: Castigat ridendo mores; deriva de Sapientia et fortitudo.
Junto con el homo pugnans nace el homo ridens.
Danilo Albero.
