Los arduos manuscritos
Curiosamente, el acto de escribir libros, convive con fuego purificador para eliminarlos. Es conocida la historia, a medias probada, del mítico incendio de la biblioteca de Alejandría, que tuvo su antecedente en China. En el 213 el emperador Shi Huangdi ordenó que se quemaran todos los libros y, de paso, se ejecutaran a los letrados que discrepaban con la medida. Se exceptuaban los textos que trataban de agricultura, medicina o el arte de la profecía. Shi Huangdi fue un hombre desmesurado, comenzó la unificación de su país, promovió la labranza en tierras yermas, fundó nuevas ciudades, fomentó el desarrollo de la minería, dio comienzo a la construcción de la Gran Muralla; y también su gran mausoleo con 7000 guerreros de terracota y caballos, en tamaño natural para así entrar escoltado a la eternidad.
Una de las escenas más desopilantes de la película Indiana Jones y la última cruzada transcurre en Berlín, en la Plaza de la Ópera (Opernplatz); es la noche del 10 de mayo de 1933, “Indi” se topa con Hitler quien, creyendo que le va a pedir un autógrafo, le firma el manuscrito que Indiana Jones tiene entre manos. Esa noche se llevó a cabo, en la ficción del film y la realidad, la “Acción contra el espíritu anti alemán” (Aktion wider den undeutschen Geist); estudiantes y profesores nazis destruyeron miles de obras de autores renombrados internacionalmente, entre otros, los alemanes Heinrich Heine, Erich María Remarque y Heinrich Mann. Este acto, documentado con fotografías, fue el primer paso de la justificación ideológica nazi para perseguir y eliminar a pensadores, escritores, artistas: judíos, socialistas, marxistas o pacifistas, a los que se sumaron todo tipo de opositores.
En casos repetidos, a lo largo de la historia, quemar libros implica la actitud de sectores que buscan, de manera simbólica o real, ejecutar a quienes se oponen a sus designios. Una larga y parcial lista de holocaustos de bibliotecas abarca a muchas culturas y llega hasta nuestro presente; entre los destacados figura “La Hoguera de las vanidades”: cuando el fraile Savonarola ordenó que se quemaran objetos que se identificaran con la frivolidad y el apego a la vanidad terrenal; además, libros de Ovidio, Dante, Cátulo y Bocaccio. Con posterioridad, Girolamo Savonarola fue excomulgado y quemado, la pira ardió en el mismo lugar donde se levantaron las llamas de su hoguera primigenia. Este suceso inauguró la idea de que la quema libros, puede concluir con autores y lectores. Las hogueras de Savonarola dejaron una escuela que incluye, con diferencia de centurias, la quema de códices mayas y aztecas y la de un millón y medio de ejemplares de Centro Editor de América Latina. Esta última, al igual que la Aktion wider den undeutschen Geist, está documentada en imágenes, porque quien dictó la medida, el juez Héctor Gustavo de la Serna Quevedo ─¡con ese apellido!─ ordenó fotografiar el procedimiento para probar su honestidad; los libros fueron destruidos, no robados.
La noche del 24 al 25 de agosto de 1992, desde las colinas controladas por las milicias serbias, se dispararon proyectiles incendiarios sobre la Biblioteca de Sarajevo. Las llamas destruyeron centenares de miles de libros e incunables. El hombre que ordenó la acción fue el vicepresidente de la República Srpska (entidad serbia de Bosnia) Nikola Koljevic (1936-1997), profesor universitario, erudito especializado en la obra de Shakespeare, cuyas clases eran admiradas por sus alumnos de la universidad de Sarajevo. Una década más tarde, en abril 2003, una multitud, indignada por la pasividad de los militares, luego de una ola de saqueos, roció con combustible los anaqueles y prendió fuego a la Biblioteca Nacional de Bagdad y al adjunto Archivo Nacional de Iraq; ardieron millones de libros y documentos. En septiembre de 2018, ahora por un accidente, se incendió el Museo Nacional de Brasil y se destruyó una valiosa e insustituible colección histórica de objetos, obras de arte y libros, resultado de 200 años de actividad de la institución; la responsable: la negligencia oficial que, pese a innumerables protestas y denuncias, hacía años había reducido el presupuesto de mantenimiento del edificio. Es de esperar que esa obsesión por reducir presupuestos no tenga en nuestro país consecuencias semejantes en alguna biblioteca o museo.
En el territorio de la ficción, en El nombre de la rosa, Jorge de Burgos, el bibliotecario ciego, celoso custodio de la biblioteca de una enigmática abadía y protector de un volumen que envenena a sus lectores, muere en un incendio junto con sus amados libros. El mismo fin tuvo la apasionada lectora de Farenheit 451, quien prefirió arder con sus libros antes que abandonar su casa; su muerte no fue en vano, Montag, el jefe de bomberos de la brigada quemalibros, roba un ejemplar, huye y se une a un grupo de marginales que viven ocultos en los bosques y que han dedicado su vida, cada uno de ellos, a aprender una obra de memoria para transmitirla a futuras generaciones. Con este gesto, Montag se implica con la reflexión de Borges: el libro es el instrumento más asombroso del hombre, porque es la extensión de su memoria e imaginación.
El capítulo VI de El Quijote es la primera aparición literaria de las llamas purificadoras de bibliotecas; el cura y el barbero revisan los aposentos del Caballero de la Triste Figura y se encuentran con sus libros. Sobreviene un episodio poetizado por Borges en “El poema de los dones”: “…arduo como los arduos manuscritos / que perecieron en Alejandría…”. En este capítulo de El Quijote, hay una discusión literaria sobre cual libro de la biblioteca de Alfonso Quijano merece vivir o perecer; uno de ellos me llamó la atención por los criterios esgrimidos. Es La Galatea de Miguel de Cervantes, de quién el cura se jacta de ser amigo, y se salva porque promete una segunda parte y es bueno esperar por ella.
A su vez, cuando un lector, en especial un escritor, reflexiona sobre el sentido de su biblioteca también lo hace sobre su manera de incrementarla, preservarla y, a la vez, depurarla. No tengo pruritos en confesar que, más allá de su indiscutible valor literario, en caso de incendio, podría desprenderme de la obra de muchos autores de mi biblioteca, pero salvaría, junto con Homero, Eurípides, Luciano, Gracián, Erasmo, Cervantes, Rabelais, James Joyce, Vasily Grossman y Sebald, algunos best sellers, un par de novelas de Pérez Reverte y todas las de James Bond.
Y con este gesto simbólico solo repetiría, al igual que cualquier colega escritor, la primera depuración literaria, porque uno de los volúmenes condenados de la biblioteca del don Quijote es El caballero de la cruz, que recibió la sentencia del cura: “Por el nombre tan santo, como este libro tiene, bien se podría perdonar su ignorancia, pero también suele decirse, tras la cruz está el diablo. Vaya al fuego”. En el caso del Caballero de la Triste Figura, la quema no ocurrió por razones políticas o raciales sino por considerar a los libros responsables de su locura; Flaubert repetirá esta causalidad en Madame Bovary.
Danilo Albero
