Paradojas deportivas
La paradoja (del griego parádoxa:contrario a la opinión) es una afirmación absurda presentada con apariencia razonable. Hace 26 siglos, el filósofo griego Zenón de Elea, enunció algunas paradojas famosas hasta el día de hoy. La más conocida de ellas habla de Aquiles y la tortuga.
Aquiles, “el de los pies ligeros”, corre contra la tortuga, diez veces más lenta, pero nunca la alcanzará. Aquiles le concede a la tortuga una ventaja de diez metros, se larga la carrera. En determinado período de tiempo Aquiles corre esos diez metros, pero la tortuga avanzó uno. Si tomamos una fracción de tiempo diez veces menor, Aquiles corre el metro distante de su rival, pero ésta ha avanzado diez centímetros y sigue llevando la delantera. Volvemos a considerar una fracción de tiempo diez veces menor que la anterior, Aquiles recorre diez centímetros, la tortuga uno; y así correrá eternamente detrás de la tortuga. Esta paradoja no ocurre en la realidad; resulta al dividir el tiempo en fracciones diez veces más pequeñas cada vez al efectuar una medición.
En 1896 en el maratón de Atenas (primera edición moderna), el atleta griego griego Spiridon Louis demoró casi tres horas para recorrer los cuarenta y dos kilómetros de la competencia. En abril de este año (2026), en Londres, el keniata Sabastian Sawe hizo el mismo recorrido en una hora 59 minutos y 30 segundos, demoliendo el cronómetro a una velocidad que, en años de Spiridon Louis, no habría sido de paradoja sino de fábula. Con esta hazaña Sawe se convirtió en el primer atleta en bajar de las dos horas el tiempo requerido para recorrer el maratón, para ello desarrolló una velocidad cercana a los 21 kilómetros por hora. Fueron necesarios ciento treinta años para marcar esa diferencia de tiempo. Mediaron equipo y formas nutrición.
Las zapatillas de Sawe pesaban 96 gramos cada una (el equivalente de unas cinco fetas de jamón). Fue como correr calzado con espuma, solo otro maratoniano voló con calzado más ligero, el etíope Abebe Bikila que, en 1960, corrió descalzo el maratón de Roma, pero demoró 16 minutos más que en 2026. El segundo factor de su récord atañe a la forma de hidratarse, cada cinco kilómetros Sawe bebió una mezcla rica en carbohidratos y durante la carrera ingirió unos 230 gramos de glúcidos, equivalentes a unos 115 gramos por hora, una cifra extraordinariamente alta para una maratón; además, a mitad de recorrido, ingirió una dosis de gel energético, utilizado por ciclistas y triatletas, en cuya composición entra la cafeína que disminuye la sensación de fatiga. No hay magia sino bioquímica. Son las nuevas éticas legales y químicamente permitidas del corredor; que, además, cambiaron estéticas, antes el maratonista tomaba una botellita de agua, bebía unos sorbos, se regaba la cabeza y la tiraba al suelo medio llena, ya nunca más. Ahora, el uso de un estimulante como la cafeína toca peligrosamente al consumo de anfetaminas y efedrina que, por mis años de estudiante eran archiconocidas en carreras de bicicleta.
Por los años que estudiaba en San Juan fueron populares la carreras del Cruce de los Andes Mendoza-Santiago-Mendoza y la vuelta de San Juan. En las etapas más peliagudas los corredores ingerían anfetaminas y efedrina. A un par kilómetros antes de la meta bebían un porrón de cerveza, la materia orgánica de la bebida borraba los rastros de la droga en el control de orina a la llegada.
Con el tiempo se popularizó en los entrenamientos el consumo de esteroides para el desarrollo de masa y fuerza muscular con vista a futuras competencias. Hecha la química, el deporte, como el dios Jano tiene dos caras: el uso de los esteroides y estimulantes en una y su detección en la otra; en la historia del atletismo hay varios casos de sanciones.
El más significativo fue en las Olimpiadas de Seúl, en 1989 Ben Johnson, atleta jamaiquino-canadiense ganó el oro cuando demolió cronómetros al hacer los 100 metros en 9 segundos y 78 centésimos; casi 3 segundos menos que Thomas Burke en 1896. Dos días después le quitaron la medalla, el análisis de orina demostró que había utilizado estanozolol, esteroide anabólico de uso común entre los físicos culturistas. Pese a ello su récord dejó un hito hasta hoy.
Esta vieja historia nace con la literatura; en La Ilíada leemos cómo en los juegos deportivos celebrados en el funeral de Patroclo, Ulises solicita este tipo de auxilio, cuando corriendo contra Ayax Oileo y viendo que éste se le escapa, Ulises pide socorro a su protectora, Atenea. La diosa, no contenta con incrementar su volumen muscular (¿esteroides anabólicos avant la lettre?) para aumentar su velocidad, hace resbalar a Ayax para asegurar la victoria de su protegido. Pero Ayax elevó su queja: “¡Oh dioses, una deidad me ha hecho caer. La misma taimada que desde antiguo favorece a Ulises, como si fuera su propio hijo!”. Los olímpicos no dieron pie a esta denuncia del primer caso de doping que registra la literatura. Ulises se continuará “drogando”, ya que no con jeringa con la lanza de Atenea; en Odisea, disfrazado de mendigo se presentó en su casa y los pretendientes lo hicieron pelar con Iro, otro mendigo. La diosa “acrecentándole los miembros”, le dio una dosis extra de vigor con el cual demolió a trompadas al incauto Iro.
De Homero al presente hay 29 siglos de diferencia, los mismos que nos separan de Zenón de Elea. Los griegos corrían descalzos, sus equipos de atletismo eran de piedra, madera o bronce y no conocían materiales sintéticos. Una carrera podía terminar de dos maneras: se ganaba o se empataba, y para eso confiaban en sus ojos. Hoy un atleta se entrena durante cuatro años para perder frente a otro en lo que el ojo humano bien podría definir como un empate. En la actualidad, las llegadas en competencias de velocidad se controlan combinando cronometraje electrónico en sincronía con tecnología de photo finish; los jueces determinan tiempos y orden exacto con finales de milisegundos. Otros atletas usan bicicletas y pierden, por centésimos de segundo, frente a un rival cuya bicicleta es algunos cientos de gramos más liviana; caso de las zapatillas de Sabastian Sawe.
Zenón de Elea se hace contemporáneo y actual, porque ningún ser humano podrá correr los 100 metros en menos de 9 segundos o de ocho o de siete. En los juegos olímpicos de París (2024) el estadounidense Noah Lyles corrió los 100 metros en 9 segundos, 78 centésimos, 4 milésimos; segundo el Jamaiquino Kishane Thompson con 9 segundos, 78 centésimos 9 milésimos; mismo cronometraje que Ben Johnson en 1989, aunque sin falopa. Este año, en Londres Sabastian Sawe ganó con 1 hora, 59 minutos, 30 segundos; segundo el etíope Yomif Kejelcha con 1hora 59 minutos, 41 segundos.
En la paradoja de Zenón, hace 26 siglos que Aquiles corre infructuosamente contra la tortuga y nunca la alcanza. De la misma manera hoy los atletas modernos compiten contra el photo finish buscando un récord cada más inasequible. Para lograr esta paradoja deportiva, basta dividir el tiempo de llegada a la meta en fracciones, cada vez menores.
Danilo Albero
