Derivas y diacronías en Flaubert

En la Filosofía de la composición (1846), Edgard Allan Poe, explica sus considerandos previos a la escritura del poema “El cuervo” (The Raven, 1845); uno de ellos, fue la necesidad de que el protagonista tuviera un interlocutor “capaz de hablar, pero no de razonar” ─cualquier semejanza con muchos políticos, indigentes mentales, de acullá y de acá es pura coincidencia─. Ese colocutor debe responder a las preguntas de un enamorado, cuando se lamenta por la muerte de la amada, con una sola frase: “nunca más” (nevermore). La primera idea de Poe fue que ese ser capaz de hablar fuera un loro; lo descartó de inmediato en razón de que por su porte y colorido no daba con el physique du role, por eso optó por el cuervo ya que su plumaje y porte agorero acordaban con el tono del poema.

Treinta y dos años después de “El cuervo”, Gustave Flaubert publicó su último libro con tres relatos señeros; uno de ellos, “Un alma de dios” (Un coeur simple). Releerlo me trajo una serie de derivas; “Un alma de dios” es la historia de Felicité, criada de Madame Aubain, que, en medio siglo, pasó por: una decepción amorosa, la muerte de un sobrino, la de su ama y el posterior abandono de varios allegados queridos hasta terminar viviendo sola. A lo largo de ese tiempo, uno de sus únicos refugios fue su devoción religiosa y, en sus últimos años de vida, Felicité depositó todos sus afectos frustrados en Loulou, un loro al que, luego de muerto, hizo embalsamar y pasa a ser un fetiche. En él se amalgaman el amor por el ave con su misticismo, hasta el punto de terminar por arrodillarse para rezar sus plegarias frente a él, convencida de que Dios, para expresarse, no habría elegido a una paloma como símbolo del Espíritu Santo, puesto que las palomas no hablan, sino a un loro; un antepasado de Loulou.

Y las derivas sobrevinieron porque resolví dedicar el último mes y medio de 2025 y los comienzos del 2026, a releer la obra de Flaubert, y un par de textos relacionados con ella: El idiota de la familia de Sartre y Flaubert’s Parrot (El loro de Flaubert) de Julian Barnes, donde escribe a propósito de “Un alma de dios” y el supuesto psitacido que inspiró el relato de Flaubert. El protagonista, un médico obsesivo, lector de Flaubert, investiga para saber cuál es el auténtico loro disecado que inspiró el cuento “Un corazón simple”; según la novela de Barnes hay varios candidatos en distintos museos franceses.

Luego de releer “Un alma de dios” y Flaubert’s Parrot: cuatro loros me acudieron, no desde sus perchas sino de estantes de la biblioteca: el primero, de mis años de infancia, Pedrito de “El loro pelado” de Horacio Quiroga, con su “¡Rica, papa! ¡Rico té con leche!”. El segundo, desde mi adolescencia y múltiples y fieles relecturas hasta el presente: Captain Flint, que desde el hombro de Long John Silver me sigue repitiendo: «¡Pieces of eight, hahahah!» “¡Stand by to go about, hahahah!”. El tercero: los cuentos de El loro adivino de mi comprovinciano Juan Draghi Lucero ─al cual le hice una larga entrevista poco antes de su muerte; escribo estas líneas y caigo en la cuenta de que, muy golpeado por su fallecimiento, hasta hoy no he desgrabado esas cintas.

El cuarto loro, es el de Julian Barnes quien documenta y novela la vida de Gustave Flaubert en todas sus facetas, entre otras, su identificación con algunos animales, en particular los distintos psitácidos que aparecieron en su vida e influyeron en su obra; enfatizando en el loro que el escritor pidió prestado a algún museo para tener en su escritorio, entre enero y agosto de 1876, mientras escribía “Un alma de dios”.

A mi regreso a El loro de Flaubert ─libro que, como otros, cuando puedo, trato de leer en su idioma original cotejándolo con su versión al español─, lo primero que me llamó la atención y me dejaron sorprendido, fueron algunos anacolutos de la traducción, que había pasado por alto en mi primera lectura de 1999; en la página 18 leí ─se refiere a una ambulancia─ “…vi aparcada una rubia Peugeot de color blanco…” equivalente ─un decir─ del original “Parked near the hospital was a large Peugeot hatchback” (Estacionado cerca del hospital había un gran Peugeot blanco con puerta trasera). O sea, una ambulancia.

Imposible transitar la obra de Flaubert sin tener en cuenta la regularidad de metrónomo de la publicación de sus trabajos, aproximadamente un lustro o poco más entre cada obra. En 1851 empezó con Madame Bovary que publicó en 1856, mientras avanzaba con La tentación de San Antonio, La educación sentimental, y se dedicaba de lleno a Salambó, publicada en 1862. Siguieron, La educación sentimental, 1869; La Tentación de San Antonio, 1874 y su último libro publicado en vida, Tres cuentos, 1877 ─incluye “Un alma de dios”─. El 12 de diciembre de 1880, Gustave Flaubert abordó la barca de Caronte para cruzar el río del olvido. Tenía 59 años y falleció de una hemorragia cerebral, la misma edad y misma causa de fallecimiento que Stendhal.

Dejó inconclusos el Dictionnaire des idées reçues (Diccionario de tópicos o Diccionario de ideas comunes) y Bouvard y Pécuchet, de prolífica descendencia. Del primero, entre otros: el Breve diccionario del argentino exquisito de Adolfo Bioy Casares (1971) y, antes, El diccionario del diablo de Ambrose Bierce (1911). Bouvard y Pecuchet dejaron su herencia en el delirante personaje de Triste fim de Policarpo Cuaresma de Lima Barreto (1915, publicada cuatro años antes como folletín en el “Jornal do Commercio” de Río de Janeiro); y en muchos rasgos del estudiante de medicina que muere desangrado en la escalera del edificio de la Plaza de Santo Domingo, donde también habitan la portera, el burócrata, el cartero y el policía, en Palinuro de México (1977) de Fernando del Paso.

En enero logré bajar de internet el Dictionnaire des idées reçues, lo leíy fabulé traducirlo ─con lo cual se suma a dos traducciones casi listas a las que, hace mucho, les debo terminar sus inconclusos prólogos─; en primer lugar porque sería un excelente ejercicio de escritura ─muchas veces el traductor termina sabiendo más del texto que el autor─; en segundo, descubrí una definición en francés que no está clara en las dos versiones que tengo en español: Diccionario de tópicos y Diccionario de ideas comunes; y pensé que podía haber otras. Es una entrada que demanda una nota al pie, en virtud del juego de palabras, un calembour y similitudes fonéticas que encierra; casi jitanjáfora: “moineau” (gorrión): “Fils de moine” (“Hijo de un monje”, las dos palabras de pronunciación parecida). Pienso si no es una broma póstuma de Flaubert pensando en la posible traducción de este Dictionnaire.

Diacronías, sincronías y derivas de la literatura, hoy cualquier lector apasionado puede, en un mes, leer toda la obra que a Flaubert le llevó casi cinco lustros, infinitos viajes y lecturas y su propia vida.

Danilo Albero

Notas relacionadas