Thomas Bowdler
Uno de los daños colaterales del llamado “lenguaje inclusivo” (de consecuencias peligrosas para la creación artística) ha sido la tendencia a depurar libros y obras de arte de palabras “denigratorias”; la moda empezó por los años de la pandemia de Covid cuando el Rijksmuseum de Ámsterdam, aprovechando la cuarentena y ausencia de público, cambió el título de varios centenares de cuadros, eliminando términos como negro, enano, jorobado o indio, por vocablos más “acordes” a estos tiempos. Por aquellos años, una de las joyas del diccionario, ya que no de la corona, fueron los insulsos debates en torno al “lenguaje inclusivo”, llevados a cabo por polemistas largos en palabras y cortos en saberes y fundamentos. En otra apuesta más fuerte, HBO Max censuró Lo que el viento se llevó (película que innovó con efectos técnicos hasta hoy modélicos) al levantarla de su programación por considerar que “glorificaba la esclavitud”. Luego de un aluvión de protestas, una semana después, revocó la excomunión… con un mensaje aclarando cómo esa película debe ser interpretada actualmente.
Subidos al carrusel de desatinos, la cereza sobre el merengue la dio una asociación que defiende los derechos de los animales propuso dejar de usar el “lenguaje anti animal” para agredir, por ejemplo: en vez de “llevarse como perro y gato”, “no seas gallina” y “matar dos pájaros de un tiro” utilizar: “no llevarse bien”, “no seas cobarde” y “alimentar dos pájaros con un bolillo” (bolillo en la última acepción del diccionario de la RAE es “barritas de masa dulce”). Estas polémicas nos han llevado al campo de Agramante de discriminaciones y agravios, que acompañan a la literatura desde sus inicios.
En el capítulo XXV de Gargantúa y Pantagruel, leemos cómo un cruce de insultos entre pasteleros y vendimiadores terminó en una guerra. Los vendimiadores les pidieron a los pasteleros, que iban de paso a París, que les vendieran algunos panes; la merienda de pan con uvas era uno de sus manjares favoritos. Los pasteleros no solo se negaron; respondieron con veinticinco improperios, entre otros: habladores, desdentados, negruchos, gordos, borrachos y guardadores de mierda. Hoy no sería tan fácil escribir algo así bajo la tutela del lenguaje y el pensamiento políticamente correcto.
Borges dejó de lado estos brulotes y optó por la ironía, evitando la crudeza de quien adivina la profesión a la madre de un rival en vocablos rudos; en “El arte de injuriar” nos da una muestra de esta forma de vituperio: “… la célebre parodia de insulto que, nos refieren, improvisó el doctor Johnson. Su esposa, caballero, con el pretexto de que trabaja en un lupanar, vende géneros de contrabando…”. Aunque subió una octava cuando llamó “andaluz profesional” a García Lorca, o cuando dijo de algún colega que “había perpetrado un nuevo libro”. En las artes y las letras, la línea de Borges tuvo antecedentes con los epigramas de Moratín: “Tu crítica majadera / de los dramas que escribí, / Pedancio, poco me altera; / más pesadumbre tuviera / si te gustaran a ti” o “Pedancio, a los botarates / que te ayudan en tus obras, / no los mimes ni los trates; / tú te bastas y sobras / para escribir disparates”.
Pero Góngora y Quevedo, de reconocida rivalidad, optaron por la diatriba de Rabelais y no escatimaron agravios, algunos peligrosos con ribetes de acusación: “Yo te untaré mis obras con tocino / porque no me las muerdas, Gongorilla, / perro de los ingenios de Castilla, / docto en pullas, cual mozo de camino”; peligroso porque reitera las acusaciones que le hacía Quevedo a su rival de ser judío, en los años en que la Inquisición era activa y poderosa.
En otras desacreditaciones, para León Tolstoi las sensaciones evocadas en Les Feurs du mal de Baudelaire no le pueden interesar a ningún hombre sano; y, para Brecht, Baudelaire era un poeta pequeño burgués; por su parte Ionesco pensaba que Bertold Brecht era creador de personajes acartonados y necios.
Nuestro poema fundacional no escaparía a una purga de agravios, están aquellos hexasílabos: “ha nacido indio ladrón / y como indio ladrón muere”; o: “el indio el cerdo y el gato, / redaman la sangre del hijo”; sin contar a los afroamericanos (pero hay afroamericanos de origen argelino, egipcio, tunecino, libios y somalíes; un ataque a un prejuicio excluyente se sustenta en otro prejuicio excluyente) por aquello de: “a los blancos los hizo Dios, / a los mulatos San Pedro / a los negros los hizo el diablo / para tizón del infierno”. O Don Segundo Sombra en aquella provocación del tape Burgos: “San Pedrino, San Pedrino / el que no es mulato es chino”. No quiero pensar el día en que alguien le eche el ojo a la novela de Laiseca, que no leí, con un título que es una provocación y hoy no veo factible: Matando enanos a garrotazos.
Ya en el campo profesional, las injurias proliferan, las hay para abogados, artistas plásticos, médicos, escritores y sicólogos, sus equivalentes: picapleitos; pintores de brocha gorda; matasanos; plumíferos o tinterillos; loqueros. También es curioso ver cómo cambian las metáforas de la injuria según qué bando las use; la expresión peyorativa para definir a quien se va sin despedirse para los angloparlantes es “salir a la francesa” (french leave) y para los franceses es “salir a la inglesa” (filer à l’anglaise); ya la sífilis era french disease, mal napolitain o mal spagnuolo, según el afectado fuese inglés, francés o italiano. Una manera de denigrar al otro muy común en el Mediterráneo oriental es: “hacen falta dos griegos para joder a un turco” o ─lo que es lo mismo, pero no es lo mismo─ “hacen falta dos turcos para joder a un griego”. En conclusión, se puede resumir a la injuria y al insulto como la negación de una cualidad que debe existir en un adversario, y que posee quien emite el juicio.
Quien inició la práctica de expurgar un texto retocando palabras malsonantes o vulgares fue Thomas Bowdler (1754-1825), médico inglés que publicó Family Shakespeare, versión de las obras del dramaturgo modificada para que, según su criterio, fueran más apropiadas que las originales para mujeres y niños. Con el mismo ímpetu arremetió contra Historia de la Decadencia y Ruina del Imperio Romano de Edward Gibbon.
La escuela de Bowdler le viene como anillo al dedo a dictaduras de todo pelo y pluma. El nazismo, franquismo, fascismo y estalinismo adhirieron a ella con fervor de fanáticos; el último llegó al extremo de retocar fotos oficiales y reescribir páginas de la Gran Enciclopedia Soviética a medida que se sucedían las purgas (los suscriptores recibían las páginas modificadas y eran obligados a devolver las originales). Quizá de este amancebamiento de puritanismo anglosajón y estalinismo sea hijo el actual “lenguaje políticamente correcto”.
Pero Bowdler ha recibido un homenaje póstumo en el epónimo verbo inglés “bowdlerize” (expurgar un texto retocando palabras malsonantes o vulgares).
Homenaje que, con la más acabada ironía de Borges, encubre una injuria.
Danilo Albero
