De trampantojos, ilusiones y trileros

Cuando estudiaba ingeniería, en dibujo técnico debimos hacer el plano de la planta de una bodega de San Juan. Bocetos y medidas previas fueron tres vistas, frente, costado derecho y planta superior; y una perspectiva para reproducir el edificio en la superficie plana del papel y dar idea de profundidad del espacio e imagen tridimensional con que la bodega se vería desde la calle. En las clases de dibujo técnico vimos una breve historia de este concepto, atribuido al arquitecto Bruneleschi y a los pintores Paolo Uccello y Piero della Francesca. Modo de ver que marcó un giro copernicano en el planeamiento de edificios y pintura y en otras disciplinas, a un punto tal que hoy, para la RAE, el término perspectiva tiene diez acepciones, no necesariamente relacionadas con las artes.

En mi primer viaje a Milán una de mis primeras visita fue al coro de la iglesia de Santa Maria presso San Satiro, obra maestra del Renacimiento, diseñada por el arquitecto Donato Bramante en el siglo XV; como no disponía de espacio para realizar la planta en forma de cruz, utilizó un alucinante trampantojo (del francés trompe-l’œil, “engaña el ojo” o “trampa ante el ojo”) o ilusión óptica en perspectiva para simular un ábside profundo de unos diez metros de longitud, cuando en realidad el espacio disponible mide menos de un metro de profundidad.

Ya en otras artes pude apreciar otra forma de trampantojo cuando vi actuar al mimo Marcel Marceau, quien resucitó el antiguo arte de la pantomima, destreza de los llamados (valga la anáfora) «artistas silenciosos» del cine mudo, que tuvo su acmé en Buster Keaton. De Marcel Marceau, siempre de cara pintada de blanco, leotardos de mismo color, camiseta marinera de mangas largas, calzado tipo manoletina. Los ojos delineados en negro y labios rojos, maquillaje que lo asemejaba a las antiguas máscaras del teatro griego, de él recuerdo varios números. Uno, tratando de abrir una puerta para entrar en un imaginario cuarto con las ventanas abiertas por un tremendo ventarrón; encerrado en una pieza cuadrada buscando la salida; limpiando un enorme espejo y viéndose reflejado en él; tirando de la soga en una cinchada, a veces ganando a veces perdiendo, para terminar por caer de espaldas cuando su bromista (e inexistente rival) suelta la soga.

Las representaciones de Marcel Marceau nos ubican en un mundo de falsa realidad, percibida como verídica y emparentada, desde sus orígenes con Brunelleschi, además, pero mucho antes, con la literatura. Sea cual fuera la forma de expresión elegida, el trampantojo busca engañar al espectador o lector haciendo pasar lo representado por real; en el caso de la plástica y la arquitectura, jugando con leyes de óptica y perspectiva para simular espacios, muebles u objetos inexistentes. Es conocida, y citada, la referencia relatada por Plinio el Viejo que involucra Zeuxis y Parrasio cuando compitieron para ver quién era mejor pintor; el primero invitó al segundo a ver un cuadro, el verismo de las uvas representadas era tal que unos pájaros se acercaron para picotearlas; por otra parte, la cortina pintada por Parrasio parecía tan real que Zeuxis le pidió que la retirase para poder observar el cuadro.

Aristóteles en Poética, el primer tratado de estética conocido, aclara: “Puesto que los imitadores emulan individuos en acción los imitarán o bien mejores que nosotros, o bien peores o bien iguales, como lo hacen los pintores: Polignoto los pintaba mejores, Pausón peores, Dionisio iguales”; y más adelante aclara que lo mismo hacen los poetas “…Homero imita a los hombres mejores que nosotros, Cleofonte iguales, y Hegemón de Taso y Nicócares, peores…”.

En nuestra vida cotidiana, los trampantojos, proliferan en la moda, en los tejidos animal print y “símil cuero”, consumidos por ecologistas; también en el cine y en el teatro. Por su parte, la gastronomía los aporta con menús vegetarianos y veganos en base a soja, garbanzos o mix de semillas que simulan chorizos, mollejas, hamburguesas y embutidos; para más inri tenemos múltiples ofertas de cafés descafeinados, leches sin lactosa, cigarrillos sin nicotina, cervezas y vinos sin alcohol. Tendencias alimenticias que tienen un término alemán (¿cuándo no?) para designarlas: ersatz (sucedáneo), creado en la Primera Guerra Mundial para sustituir alimentos, inaccesibles por el bloqueo naval de los aliados, que tuvo, entre otras delicias: café de achicoria, tabaco en base a raíces secas y cáscara de papas, y carne, un miscuglio de arroz prensado y hortalizas varias cocido en sebo de cordero. Con respecto a este ersatz cárnico, Peter Englund, en su soberbio La belleza y el dolor de la batalla, menciona el diario de una adolescente alemana donde registra que los trozos de “pierna de cordero” venían acompañados de sus respectivos huesos de madera para darle mayor énfasis al trampantojo gastronómico.

Nuestro paisaje urbano se ve enriquecido con expresiones de falsos decorados en el llamado street art, que orna paredes y medianeras, muchas veces aprovechando elementos ya presentes (arquitectónicos o vegetales), y que tiene su máxima expresión en la obra de Banksy, trampantojo o seudónimo de un artista británico desconocido, sospechado de Brístol.

Ahora, pasada la impresión inicial, la ilusión o el efecto de realidad del trampantojo necesita, de una dosis relativa de autoengaño, para aceptarla como tal. Así, el consumidor experimenta algo parecido a un vértigo referencial puesto que detrás del relato, visual o gustativo, se oculta un subtexto que lo hace comprensible y admisible, en lo que se llama sub especie ludi (bajo la apariencia de un juego). Porque todas estas sensaciones están acompañadas por un ilusionismo que las relacionan con los trucos de magia o de trileros, embaucadores callejeros que esconden una bolita debajo de tres recipientes opacos iguales y, luego de cambiarlos rápidamente de lugar sobre su taburete apuestan con incautos para que adivinen debajo de qué recipiente está la bolita. Y no hay que olvidar que ilusión viene de latín illusio (ironía, mofa, burla, espejismo).

Por su parte, poesía y narrativa tienen sus equivalentes en frases de doble sentido o adivinanzas: “oro no es, plata no es” (el plátano); juegos de palabras: “mi abuela estaba riendo” (mi abuela está barriendo); y con el calambour (del italiano calamo burlare = burlarse con la pluma), figura retórica que consiste en modificar el significado de una palabra o frase al reagrupar de distinta forma las sílabas que la componen: “Abandoné las carambolas por el calambur, los madrigales por los mamboretás, los entreveros por los entretelones, los invertidos por los invertebrados”, dirá Oliverio Girondo en un poema.

Uno de mis calambours favorito es la apuesta (ganada) por Quevedo al decirle a Mariana de Austria, esposa de Felipe IV, que era coja. Se presentó ante ella con una flor en cada mano y las ofreció con su chanza: “Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad escoja”, o “su majestad es coja”.

Danilo Albero

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