Entresijos de una traducción

Cuando escribo para publicar en la web u otros medios, tengo por límite entre cien y ciento diez líneas o su equivalente, unas mil doscientas palabras. Pero antes, ni bien tengo una idea para un artículo, la registro, junto con la fecha, en el cuaderno “Manuscritos web”; aunque no necesariamente será la próxima que escriba (ésta remite a enero 2021); cuando la publico, cruzo en rojo el borrador del cuaderno.

El título, comienzo y final es lo primero que defino. Pero, no más empezar esta nota, ya dudo si no sería más apropiado titularla “Turner coloca una mancha en su óleo”.

Los contratiempos surgen cuando redacto crónica o ficción, no con traducciones; el equilibrio del proceso de escritura narrativa es como el juego de palitos chinos, mueves uno y cambia todo el entramado. No obstante, la versión manuscrita definitiva deglute y asimila los desaciertos sus predecesoras; Cronos devoraba a sus hijos, yo devoro los equívocos; aunque pensándolo bien, prefiero al suido aludido por el viejo Vizcacha: “El cerdo vive tan gordo / Y se come hasta los hijos”.

Hasta el momento no me había pasado lo mismo con las traducciones. Pero, hace cinco años, abandoné Gombo Zhèbes, recopilación de trescientos cincuenta y dos proverbios en lengua Creole con sus variantes dialectales (de Islas Mauricio, Trinidad, Guayana Francesa, Martinica, Haití y New Orleans) hecha por Lafcadio Hearn. A esa antología, Hearn agregó su traducción al francés e inglés; a la par que agregó notas al pie aclaratorias. Cuando empecé con el proyecto había bajado de Internet la primera edición, publicada en 1885 por un mítico librero y editor de Nueva York, Will H. Coleman (que, además, imprimió otras obras de Lafcadio Hearn y la extensa guía de la Primera Feria Internacional de Nueva Orleans (World’s Industrial and Cotton Centennial Exposition 1884-885).

Venía trabajando hace años con Gombo Zhèbes y, al momento de abandonarla, había superado varios escollos. El primero fue el título, resolví dejar el original en Creole ya que, en el prólogo, Lafcadio Hearn aclara el porqué del nombre de su antología. El segundo fue que, en mi investigación, surgieron otros libros y obras que logré bajar de internet, de resultas, a las 153 notas de Lafcadio Hearn yo agregué otras 118. El trabajo quedó casi listo y, ante la falta de un editor interesado, quedó en hibernación junto con mi prólogo, a medio terminar. Hace un par de semanas, conversaciones mediante, surgió un impresor interesado por el libro y retomé el trabajo.

La lengua y cultura Creole tuvieron origen en el patois que hablaron los esclavos negros llevados a nuevas tierras y se fue enriqueciendo con sucesivas generaciones. Una de las características de la comunidad Creole en todo el mundo, que la diferencia de la cultura de otros esclavos negros, es que son francófonos y su religión (incluidos ritos sincréticos) es católica apostólica romana. Que aquello de “vamos juntos, pero no entreverados” también vale para los esclavos; no es lo mismo ser descendiente de esclavos protestantes anglófonos de New York, por ejemplo, que de New Orleans o Martinica. Los Creoles son tan orgullosos de sus orígenes como los WASP (White Anglo Saxon Protestant) Boston Brahmins, aristócratas bostonianos descendientes de los peregrinos que llegaron en el Mayflower, e igualmente linajudos y presumidos de sus orígenes.

La lengua Creole tiene una característica particular: se estructuró, pese a las distancias que separaban a los grandes asentamientos franceses en América y África, como una lengua franca y, por su musicalidad, fue adoptada por algunos eruditos amos franceses bilingües que llegaron a escribir relatos en ella, o recopilar los de tradición oral ya existentes (algunos, reinterpretaciones de fábulas europeas desde la visión de los esclavos), inclusive escribieron gramáticas de este patois. El hechizo por la cosmovisión que encierra esta lengua, para mí resucitó con esta fatigada traducción y, como el fantasma del castillo Elsinore, me acucia.

Gombo Zhèbes, me desquicia porque, a medida que he revisado la traducción me he mimetizado con el protagonista de “La busca de Averroes” de Borges quien, en su traducción la Poética de Aristóteles, quería imaginar qué es una tragedia y una comedia sin saber lo que es el teatro. Cada relectura que hago de Gombo Zhèbes aumenta mi ignorancia del cada vez mayor contexto ignorado que circunda estos proverbios. Así, me instala en el desorden y, lo que es peor, me hace disfrutar del mismo.

Mis anotaciones añadidas son de dos tipos: las primeras relacionan los proverbios entre sí o aclaran errores en la traducción al inglés (o acepciones al francés) de Lafcadio Hearn; las segundas contextualizan algunos significados. Muchas de estas sentencias, hacen alusión metafórica (las menos, sin cortapisas) a la dura vida de los esclavos, leyes y castigos que los regían.

En el último repaso de mi traducción de Gombo Zhèbes, el interrogante surgió en el proverbio 317, originario de Louisiana: “Tout ça c’est commerce Man Lison. (Tout ça c’est affaire de Maman Lison)”; la traducción de Lafcadio Hearn es “All that’s like Mammy Lison’s doings” (Todo esto es como los enredos de Mamá Lison). Y en su nota al pie aclaró: “Esta locución se usa cada vez que algo se hace mal; en Creole commerce significa casi lo opuesto que en francés. Nunca he podido averiguar quién es esa tradicional Man Lison”.

En marzo de 2021 hojeé al vuelo una novela de George Washington Cable, cuyo PDF había bajado de internet, la novela The Grandissimes (1880) publicada cinco años antes que la recopilación de Gombo Zhèbes y que me hizo añadir una nota mía, a continuación de la de Lafcadio Hearn, al proverbio 317. Es la trascripción de un párrafo de The Grandissimes:Their economy knew how to avoid what the Creole-African apothegm calls commerce Man Lizon–qui asseté pou’ trois picaillons et vend’ pou’ ein escalin (bought for three picayunes and sold for two)” (“Su economía sabía cómo evitar aquello que el apotegma Creole-Africano llama commerce Man Lizon–qui asseté pou’ trois picaillons et vend’ pou’ ein escalin (enredo Man Lizon, comprar por tres picayunes y vender por dos”). Y me quedé pensando por qué, pese a su estrecha amistad con George Washington Cable, reconocida autoridad en la cultura e historia Creole de Nueva Orleans, Lafcadio Hearn no lo haya consultado a la hora de hacer su antología ni que tuviera presente a The Grandissimes, publicada un lustro antes que su Gombo Zhèbes.

Hay una escena de la película Mr. Turner (2014) basada en un hecho real: el “varnishing day” de 1832 (día en que se permitía a los artistas retocar sus obras o barnizarlas, estando ya colgadas, evento en el que críticos y coleccionistas podían ver las obras antes de abrir la exposición al público). En esa oportunidad, colgaron el Helvoetsluys zarpa de Utrecht (marina de Turner, en matices grises y verdes) al lado de El día de la apertura del puente de Waterloo, de Constable, obra de un formato más grande de lo que solía utilizar. Cuando Turner vio el cuadro de Constable, aplicó con toda decisión una mancha roja sobre el agua, que luego convirtió en una boya. Constable, estupefacto, aclaró: “Vino y disparó un pistoletazo con el pincel”. Turner dio vida a sus verdes, usando el contraste de su color complementario, el rojo, y, a la vez, lo relacionó con los colores cálidos del cuadro de su colega.

Para mí ese pistoletazo fue el pasaje de The Grandissimes, peor todavía; el disparo de un francotirador. Hay otros francotiradores expectantes; acechan ahora que he retomado la traducción de Gombo Zhèbes.

Danilo Albero

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