Full Fathom Five
A la hora de buscar temas para notas rastreo en mis diarios anotaciones de los días que hemos estado de viaje, allí registro cada jornada, pego, tickets de entradas a museos y bibliotecas, también folletos de las exposiciones temporarias. Y hacerlo, me remite al cuadro brújula cuando viajo, Full Fathom Five (A cinco brazas de profundidad,1947), óleo de Jackson Pollock inspirado en un pasaje de La Tempestad de Shakespeare: “A cinco brazas de aquí / yace el cuerpo de tu padre. / Corales son ya sus huesos, perlas sus ojos. / Nada de él se ha dispersado. / Todo él en mar se ha transformado / es algo hermoso y extraño”.
A finales de los ’90, una radiografía del lienzo (130 x 77), tomada cuando fue restaurado, reveló, debajo de las capas de pintura, una silueta humana recortada en papel aluminio, llaves y botones colocados en relación a la figura, que luego ocultó con capas de pintura aplicadas con la técnica del dripping. Algo semejante ocurre cuando viajo y entrecruzo información de guías entretejidas con historias o novelas que he leído. Antes del nuestro primer viaje a Estambul estudié la historia de Turquía y retrocedí, a vuelo de pájaro, hasta la caída de Constantinopla. En algún momento de estas lecturas, tuve una suerte de locura a lo Quijano; a la luz de lo aprendido, fabulé cómo sería la historia contemporánea (geografía de Medio Oriente y el mundo) si la flota de Alí Bajá hubiera derrotado a la de Juan de Austria en Lepanto. Al recorrer Estambul, descubrí (como en la radiografía del cuadro de Pollock) que, bajo la arquitectura urbana, florecían trazas de la antigua Constantinopla, plenas de mensajes e historias sobre el imperio bizantino.
En el Museo de Arqueología, un par de eslabones de la enorme cadena que cerraba el acceso al Cuerno de Oro durante el asedio turco a Constantinopla, previo a la conquista de la ciudad en 1543, me llevaron a las páginas de El ángel sombrío de Mika Waltari. En Turquía, para quien no viaja en un tour con guía bilingüe, la única ayuda es encontrar alguien que hable inglés o francés. Portugués es más difícil, sin embargo en turco naranja se dice “portakal”, bajo esta palabra yace el patronímico portekiz (portugués), porque ellos introdujeron los naranjos en Turquía.
Los museos, los de guerra me parecen los más literarios por historias que encubren. Junto con las piezas bélicas que exhiben, los objetos personales, o fragmentos de cualquier objeto, son por demás locuaces.
En el Musée de l’Armée en Paris, un taxi del Marne o la maza británica para rematar caballos heridos (en la primera guerra mundial murieron más de ocho millones de equinos), ¿por qué no ultimarlos de un tiro? (demanda un sadismo institucionalizado elaborar mazas para hacerlo) hablan de otras historias. Otro tanto los dioramas de trincheras con sus defensas de alambre de púas, dialogan con Sin novedad en el frente, de Erich María Remarque, los poemas de Sigfried Sassoon y las pinturas de Otto Dix.
Del National WWII Museumde New Orleans, una carta o el equipo íntimo de un GI, un Landser o un Tommy, son más expresivos que maquetas de batallas, aviones, tanques, cañones, lanchas de desembarco o panoplias. Tengo una foto de Beatriz posando al lado de un fragmento de hormigón armado de la miríada que bloqueaba el acceso a las playas de Normandía el 6 de junio de 1944, le llegaba a la altura de la cabeza y casi la duplicaba en espesor. Cuesta imaginar cómo se las amañaron para sortearlos los soldados que desembarcaban, empapados, trabados con todo su armamento y equipo, con cuarenta o más kilos de peso en sus espaldas y bajo una tenaz lluvia de homicidas balas alemanas. De este museo, traje la foto e historia de una octogenaria de otro estado que encontró, en una vitrina, el diario de su novio, el combatió en el frente del Pacífico, junto con la última carta, la última que ella le envió. Ciertamente el novio la leyó, no llegó a responderla, murió en 1944, por el disparo de un sniper japonés.
A pocas cuadras del National WWII Museumde New Orleans está el modesto y elocuente Louisiana’s Civil War Museum. Llené unas páginas de una Moleskine con notas rescatadas de los objetos de una vitrina que dialogaban con la carta de la octogenaria y su novio muerto. Pero este relato lo antecede ocho décadas: un par de botas, una espuela y un guante femenino: “Alexander Dimitry, soldado raso del 13.º Regimiento de Caballería de Virginia, muerto el 8 de julio de 1863. En 1867, al ser exhumado para darle sepultura en un lugar más adecuado, se comprobó que su cuerpo y efectos personales se hallaban en excelente estado de conservación. Entre ellos, este guante de mujer y dentro, el sobre con una esquela y un pequeño corazón de papel rosado, regalo de su prometida, la señorita Maude Shields”.
Guardo una carpeta con links de noticias interesantes, de la vida cotidiana, artísticas o literarias, que puedo usar en escritos futuros; rescaté una de El País de Madrid del 14 de noviembre 2016: “El capitán que emergió del fango un siglo después”. Habla de los miles de muertos sin identificar de la Primera Guerra Mundial que, de tanto en tanto, afloran de excavaciones en la llanura belga. Éste fue un hallazgo afortunado, descubierto por una excavadora mecánica: junto con un cráneo, trozos de su columna vertebral y un fémur, aparecieron un silbato militar, un medallón y un par de prismáticos oxidados. Estos tres objetos, ya limpios, revelaron una característica que los emparentaba: todos tenían las iniciales H.J.I.W. Cotejados estos restos con otros hallados en la zona se pudo saber el nombre y apellido del esqueleto incompleto: el capitán neozelandés Henry John Innes Walker, fallecido el 25 de abril de 1915 en la batalla de Ypres. Tenía 25 años y muchas de sus cartas a su familia fueron publicadas en los diarios de su país; una, días antes de su muerte, dice: “No hay demasiadas noticias hoy. Tanta lluvia como siempre, y las trincheras llenas de barro pegajoso, pero hoy, por primera vez en semanas ha salido el sol, y es glorioso”.
Como el capitán Walker, que emergió del fango en Ypres 101 años después de muerto, la carta que encontró la octogenaria de su novio muerto en el frente del Pacífico en 1944, el guante y el corazón de papel de Miss Maude Shields, se me hace que cada pasajero de subterráneo, ensimismado en la pantalla de su teléfono celular, está pintando su versión de Full Fathom Five.
Y, al reunir estos relatos en uno solo, me aflora un cuento de Saki, seudónimo del escritor Hector Hugh Munro (1870-1916). En vísperas de la ofensiva del Somme, Saki murió una noche a causa del disparo de un sniper alemán. Sus últimas palabras a un compañero fueron: “Apaga ese maldito cigarrillo”.
Lo enterraron en una fosa común. Sus restos no tuvieron la suerte de los del capitán Henry John Innes Walker.
Danilo Albero
