No hay fragata como un libro

En alguna parte leí una expresión china: “ando buscando un viento”. El símil con un velero refiere a quien no está seguro del rumbo a seguir cuando quiere concretar una idea o proyecto. La idea tiene similitudes con el acto de escribir y, a la vez, es una metáfora de los orígenes de la literatura.

Escribir es un trabajo arduo y solitario; pero si el autor persevera y tiene suerte puede encontrar el viento que lo lleve a buen puerto, o no (lleva tanto tiempo escribir una novela, cuento u obra de teatro buena como una mala). La clave del oficio es no perder el entusiasmo y, pese a vientos adversos, continuar con la singladura planeada; entusiasmo es el motor y la palabra ligada al acto creativo que, desde su etimología, lo dice todo. El vocablo deriva del griego antiguo enthousiasmós, literalmente “poseído por un dios o inspirado”; así refiere Homero en los comienzos de La Ilíada y Odisea: “Canta oh Diosa…” y “Háblame Musa…”, respectivamente. En términos pedestres “cuando la inspiración llegue, que te encuentre trabajando”; y así localizaremos el viento para adentrarnos en el océano de la ficción.

En algún momento, en la noche de los tiempos, una descarga eléctrica en un mar de aminoácidos dio origen a una minúscula partícula de vida, capaz de reproducirse y asociarse con otras; millones de años después (quizás le mot propre, el término preciso, sea eones, período de tiempo equivalente a mil millones de años), algunos seres marinos, dejaron océanos prehistóricos, se aventuraron en tierra firme. Algunos evolucionaron hasta arrastrarse, otros a caminar y otros volaron. De la misma manera, el homo sapiens, y los animales de sangre caliente, condensan en su gestación, este proceso evolutivo; pasamos los primeros nueve meses de nuestra existencia en un medio líquido, desde un origen unicelular hasta dar el primer llanto.

Como en la vida, el origen de la narrativa y poesía está en el mar; los hombres vienen zarpando en busca de gloria y fama: desde los orígenes de la literatura occidental en La Ilíada, Odisea, Los viajes de Jasón, continuando, entre otros, por sagas nórdicas, los viajes de Simbad o Moby Dick. Cuando no utopías como Veinte mil leguas de viaje submarino, todos remontan su origen en talasocracias.

Este atávico origen ha movilizado a investigadores, aventureros, colonizadores y piratas a buscar en el mar el puente (término derivado del griego antiguo pontós: mar) hacia sus objetivos; acompañados con la labor de los que contaron estas singladuras. Poetas y aedos buscaron vientos que los llevaran tras las venturas y desventuras de héroes o villanos, sus dichas y desventuras, amores y odios, lealtades y traiciones o búsquedas existenciales; toda la literatura se puede resumir en encontrar esa pulsión que lleve hasta donde la imaginación lo permita. La pregunta es válida para navegantes y narradores, ¿cuál es el impulso que los mueve?

La literatura como forma de expresión estética, aparte de estudio y lecturas, no demanda aprendizajes o elementos adicionales, como en el caso de la música o artes plásticas. Escribir no exige pinceles, buriles o instrumentos musicales, sólo lápiz y papel. Dentro de las razones que llevan a la gente a escribir la mejor respuesta que he encontrado la dio el cuentista peruano Julio Ramón Ribeyro.

Él reflexionó que escribe porque es lo único que sabe hacer más o menos bien. Para crear, sin más recursos que palabras, algo bello y permanente que merezca ser contado. Porque se ha acostumbrado a hacerlo y más que una rutina es una manera de vivir. Para tratar de dar forma, fijar y comprender mejor, las intuiciones e ideas que pasan por su cabeza y que sus experiencias de vida no se pierdan. Porque el hecho de realizar esa actividad en soledad, frente a una página en blanco le da la ilusión de ser totalmente libre y poderoso. Por una necesidad humana de ser reconocido y admirado. Para continuar vivo después de muerto reencarnado en libros. Porque si no lo hace lo invade un inexplicable sentimiento de culpabilidad.

Pero a veces la culpabilidad no alcanza a la hora de empezar a escribir, Fogwill me contó que es muy fácil hacer una novela “basta proponerse escribir una carilla por día, en un año tenés 360 páginas”. Por su parte, para Hemingway, el acto creativo literario es: “Sentarse y escribir hasta que sangre”. Y cuenta en París era una fiesta (feliz traducción de Gabriel Ferrater que, con el uso del pretérito imperfecto, mejora el título original A Moveable Feast): “A veces, cuando empezaba un cuento y no había modo que arrancara, de pie miraba los tejados de Paris y pensaba: ‘no te preocupes, hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica, tan verídica como sepas’. De modo que, al cabo, escribía una frase verídica y a partir de allí seguía adelante”. Hemingway se suicidó luego de una larga y profunda crisis depresiva, cuando concluyó que “ya no le salía” (la frase es verídica). Pero entre sus papeles figuraba, casi terminada, Islas en el golfo, la más polifónica y osada de sus novelas, que, para variar, transcurre gran parte en el mar.

Desde el encierro de su clausura, en el prime cuarteto de un soneto, Sor Juana nos dejó una alegoría del riesgo de asumir la singladura solitaria a la hora de pensar en escribir: “Si los riesgos del mar considerara / ninguno se embarcara, si antes viera / bien su peligro, nadie se atreviera, / ni al bravo toro osado provocara”.

Al igual que Sor Juana, Emily Dickinson, también llevó una vida sedentaria, pero, además, compartió con muy poca gente sus poemas (no llegó a publicar media docena en vida), y el conocimiento de su obra es póstumo; pero, desde su casa en Amherst, vislumbró las singladuras de la creación literaria, por aquello de: “There is no Frigate like a Book / To take us Lands away” (No hay Fragata como un libro / para llevarnos a Tierras lejanas).

Si para Julio Ramón Ribeyro, una de las razones para escribir era la búsqueda de la fama, de nuevo, desde su provinciano refugio, Emily Dickinson puso coto a esos vuelos, por aquello de “Fame is a bee / It has a song / It has a sting / Ah, too, it has a wing” (“La fama es una abeja / Tiene un zumbido / Tiene un aguijón / Ah, también tiene alas.”).

Danilo Albero

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