Señor Shaka y el acuaterrario

Lo conocí como alumno del Liceo Agrícola y Enológico y, al momento, relacioné su nombre con Shaka Zulú ─había leído su vida novelada en historietas de la revista El Tony─, el lord of war negro que, a finales del XVII y primeras décadas del XIX, unificó su nación para luchar contra otras tribus y conquistadores ingleses y afrikáners. Esta correspondencia de nombres la hice porque, cuando los profesores o preceptores lo mandaban llamar se referían a él como “señor Chaca”, sin mencionar su apellido; para mí “señor Shaka”.

Señor Shaka tenía dos oficinas, una en el segundo patio, y otra en el edificio anexo donde era el responsable del laboratorio durante el turno tarde. Por la mañana entregaba material didáctico a los profesores: escuadras, compases y transportadores, mapas, la máquina electrostática de Wimshurst, el planetario de metal y, en las clases de anatomía, a Jolly Roger ─así lo llamábamos por influencia de las historietas de piratas─, el esqueleto completo suspendido por la cabeza y montado sobre una plataforma con rueditas; en horas del recreo, solíamos ornarlo con un parche negro en el ojo, como corresponde a un pirata de ley.

Los primeros días del segundo semestre de primer año compartí, con algunos compañeros de otras divisiones, jornadas de trabajo en el laboratorio con el señor Shaka, esto fue por una propuesta del profesor de zoología para armar un acuaterrario. Fui uno de los pocos que se ofrecieron para participar de la experiencia; una práctica de la época era que, en las vacaciones previas al comienzo de clases, los padres compraran los libros que sus hijos usarían durante el período lectivo. Así, cuando ingresé a primer año, había leído completa la Zoología de Ángel Gallardo, aunque entendí menos de la mitad del contenido me apasioné con el tema y, ante la experiencia del acuaterrario, me ofrecí entusiasmado.

Nuestro acuaterrario era una combinación de acuario y terrario de tamaño de una mesa de comedor, tenía una zona de tierra firme y otra acuática, dos viveros de sabandijas variopintas; tuvo de inquilinos una tortuguita y un cangrejo de agua dulce, un par de lagartijas, pequeñas plantas fluviales y hierbas, algunas mojarritas, caracoles de agua y de tierra; en algún momento, el señor Shaka agregó unos renacuajos que vimos evolucionar, perder la cola a la par que nacían patas traseras, luego delanteras, hasta ser pequeños sapitos que ganaron su estado natural de anfibios.

En la primer semana de segundo año, a finales de la clase de física, el señor Shaka pasó por el aula para llevarse el pesado planetario de metal, y le pregunté por el acuaterrario: “los bichitos crecieron y, en las vacaciones, los devolví al lugar donde deben estar, después de julio armaremos uno nuevo”. Recuerdo la charla porque no terminamos la jornada de clases del turno mañana, aparecieron ratas en el patio y, a la espera de que un equipo especializado con perros rastreara los nidos, cerraron el colegio por dos días. Volví hasta la parada del troley caminando por la vereda del colegio que bordeaba el canal, paralelo a la calzada, salpicado de pequeños remansos e islotes de cañaverales. En avenida Godoy Cruz, tomé el troley para volver a casa; fue el germen de esta nota, escrita muchos años después, cuyo título debería ser “Acuaterrario y Griselda”.

En tercero de la primaria, Griselda era la compañera más y linda presumida de la escuela y todos estábamos enamorados de ella; decía que su papá era “autero” ─suerte que no decía autista─, vendedor de autos usados, lo cual sustentaba sus vuelos de superioridad entre los otros alumnos, hijos de asalariados. A final de año avisó que dejaba el colegio por “uno de más categoría” y dejó muchos corazones rotos.

Feliz por los dos días de inesperadas vacaciones, subí al troley, planeaba llegar a casa, recoger mi bolso con el equipo de gimnasia e irme a remar al Club Regatas; me reencontré con Griselda. Iba con una amiga, ambas con el ruedo del guardapolvo recogido con alfileres de gancho para hacerlo minifalda, ya adolescente portaba un par de contundentes tetas que prometían seguir el camino de las de su mamá; en términos cinematográficos: una delantera más tirando a Salma Hayek que a Keira Knightley, aunque por aquellos años serían king size como los de las actrices Diana Dors o slim como los de Audrey Hepbrun. Cuando su compañera bajó, se acercó y me preguntó si nos conocíamos de alguna parte; “no creo”, no recuerdo si tartamudeé; “a este muchacho lo conozco de alguna parte, le dije a mi amiga”; “no creo”, insistí y la miré fijo. Sentí que mis dedos se acalambraban alrededor del pasamanos; “bueno, me bajo en la próxima, chau, ¿a qué colegio vas?”; “al Liceo Agrícola, ¿y vos?”, “al Liceo de señoritas”, se despidió con su inolvidable sonrisa de hija de “autero”.

En el club, el profesor Imperiale me invitó a conformar la tripulación de un ocho largo, por mi estatura indicó que debería ir a proa “de uno o de dos, son puestos especializados porque son los encargados de mantener el equilibrio y evitar bandazos”, volví a casa y, antes de dormirme, terminé con una novela que suelo revisitar, Sin novedad en el frente. Como soy razonablemente ambidextro, con el tiempo fui indistintamente uno o dos en los ocho largos.

En estos momentos escribo, preparo una serie de charlas para subir por YouTube, reviso mis diarios, cuadernos y apuntes de la primaria y secundaria en busca del tiempo perdido, o para inventarlo, y tener tema para una nota, pero me “caí del caballo como San Pablo”, como dice la expresión ante una revelación repentina, y así lo pinta Caravaggio en La conversión de San Pablo en el camino a Damasco; aunque la Biblia dice que su conversión fue cuando iba a Damasco pero caminando.

Ahora tengo dos certezas. La primera es que: “el lugar donde los bichitos deben estar” del señor Shaka, es de donde fueron enrolados, a orillas del Liceo Agrícola, en los remansos y charcos alrededor del canal que bordeaba la calle Alberdi; como en “La carta robada” de Poe, el acuaterrario lo teníamos delante de nuestros ojos. La segunda es que las ratas las metieron de contrabando algunos compañeros más fogueados, seguramente los de quinto o sexto del Liceo Agrícola.

Ahora los estudiantes son menos creativos y más expeditivos, mandan un e-mail desde una dirección nueva o hacen una llamada anónima y dicen que han colocado una bomba en el colegio o que hay un alumno armado dispuesto a cargarse a compañeros y profesores. Y pienso que, muchas veces, todo tiempo pasado fue mejor.

Danilo Albero

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