De moscas y cucarachas

Dos notas que leí en la web, en Deutsche Welle y en BBC, se relacionaban, y me retrotrajeron a una distante visita al Museo Smithonian de Washignton. Allí vi dos animales embalsamados y galardonados en la Primera Guerra Mundial por sus actos militares heroicos. La paloma Cher Ami, que pese a estar herida en el pecho, una pata y perder un ojo voló 32 kilómetros con un mensaje que ayudó a salvar a un batallón norteamericano aislado. Ya restablecida y con una patita de madera (ignoro si también portaba un parche en el ojo) fue distinguida, con la Croix de guerre francesa, por sus actos heroicos.

Otro es un Boston Terrier, “sargento Stubby” (1916-1926), el perro más condecorado de esa contienda. Se hizo famoso por localizar heridos y detectar el olor a gases venenosos y avisar a su unidad que debía colocarse, y colocarle, las máscaras antigás. Para sumar heroísmos, capturó a un soldado alemán y, mordiéndole los talones, lo llevó prisionero. Finalizada la contienda fue ascendido a sargento y, por heridas recibidas en combate, galardonado con el Corazón Púrpura.

En la Segunda Guerra Mundial, los perros soviéticos no tuvieron la suerte de ascensos o condecoraciones. Los autócratas rusos, desde los zares hasta Putin, no se caracterizan por valorar vidas humanas en las guerras (ni en tiempos de paz) cuantimás la de animales. Para poder emplearlos en batallas, sólo alimentaban a los pichichos bajo tanques con el motor en marcha; posteriormente los sometían a largas hambrunas. A la hora de los combates, les colocaban alforjas con minas antitanques y los soltaban cerca de blindados alemanes; los reflejos condicionados de Pavlov se encargaban de las explosiones.

Desde finales de la Guerra Fría, avanzaron las investigaciones con las habilidades de animales en beneficio de los seres humanos, científicos y militares experimentan entrenando leones marinos y delfines para realizar tareas de seguridad marítima y protección de puertos. Por su parte, rayas y tiburones poseen un sentido de electrorrecepción, gracias a él detectan campos eléctricos bajo el agua; su estudio permitirá crear sensores artificiales para drones submarinos. De su lado, los delfines utilizan para orientarse o detectar presas un sentido de ecolocalización, emiten ondas acústicas (similares a las de los murciélagos) e interpretan el eco que regresa luego de rebotar contra sus objetivos, mecanismo biológico que permitió el desarrollo del sonar; de la misma manera que el de los murciélagos inspiró la creación del radar.

En actividades pacíficas, el programa internacional Animal Borne Ocean Sensors (AniBOS), se vale de la ayuda de ballenas, tortugas marinas, tiburones y pingüinos. Actualmente se investiga una idea superadora, en vez de proyectar un robot o dron para explorar los océanos, aprovecharse de animales que lo hacen de manera natural. Ya existe el concepto de internet of marine life (internet de la vida marina), red formada por animales portando sensores, algunos llegan a regiones oceánicas, de difícil acceso para instrumentos convencionales, donde sus medidores almacenan y transmiten información para que geógrafos puedan crear un mapa dinámico de los océanos desde la perspectiva de sus habitantes.

Hasta el momento, los estudios y usos se habían basado en animales, casi todos mamíferos, pero, en los últimos años, la búsqueda se ha orientado a insectos. Uno de los primeros que llamó la atención de científicos de la Universidad de Cambridge es la mosca. Su cerebro tiene el tamaño de una cabeza de alfiler, pero, en muchos sentidos, es más eficiente que un computadora poderosa y, dentro de sus demandas biológicas, puede superar a inteligencias artificiales. Estos insectos poseen 124 millones de células cerebrales, comparando hembras y machos se identificaron ceremonias de cortejo, cantos amorosos y mecanismos de acepción o rechazo erótico. Los científicos tienen claro que la investigación no explica diferencias entre hombres y mujeres; nuestro comportamiento es mucho más complejo. Pero sus estudios podrían ayudar a comprender mejor el comportamiento humano y afecciones en las que diferencias genéticas afectan la conectividad cerebral, como autismo y esquizofrenia. Siempre en busca de más, ya hay investigadores que ensayan insertar el cerebro de moscas en medios de redes artificiales y tratando de ver si son de utilidad para ayudar, aprender y controlar sistemas artificiales. Dado su tamaño, los dípteros, más allá de su estudio y experimentos no admiten sensores o chips.

Sí las cucarachas, son veloces como relámpagos, pueden atravesar rendijas, y trepar, incluso por superficies lisas y verticales, además pueden recuperar la posición si caen boca arriba. Pero, sobre todo, son muy resistentes, y su caparazón soporta hasta 900 veces el peso de su cuerpo, por lo cual darles el golpe de gracia, demanda más de un chancletazo.

Científicos ya pueden implantar electrodos en cucarachas para guiarlas con impulsos eléctricos. Esperan que, en el futuro, puedan ser usadas por equipos de búsqueda, rescate y médicos, y estos paraborgs puedan llevar pequeñas dosis de fármacos a víctimas de una catástrofe atrapadas bajo los restos.

Ya no es ficción de laboratorio. En marzo del año pasado, luego del terremoto de Myanmar, cucarachas silbadoras de Madagascar equipadas con cámaras infrarrojas participaron en una operación real de búsqueda y rescate, la información recogida por ellas fue procesada mediante algoritmos de aprendizaje automático para ayudar a detectar posibles señales de vida entre los escombros. No contentos, los investigadores van por más, como estos insectos son capaces de nadar, estudian la manera de que exploren cañerías, ya han diseñado un traje flexible impreso en 3D; según sus creadores funciona de forma parecida a una botella de oxígeno para buceadores.

Vuelvo a las notas de Deutsche Welle y otra en BBC que me retrotrajeron a mi visita al Museo Smithonian. Puede que en los próximos años una cucaracha gigante salve muchas vidas en un acto heroico, merecería condecoraciones y ser conservada en un bloque de acrílico transparente, pero ésta como la paloma Cher Ami, no responde si la llaman por su nombre, como lo hacía “sargento Stubby”.

Quizá un bautizo post mortem, relacionado con relatos fantásticos o de terror, en concordancia con investigaciones de moscas y cucarachas; ¿Gregorio Samsa?, un ungeheuer Ungeziefer (según apunta mi edición anotada de La metamorfosis), enorme animal repulsivo, como lo definió Kafka.

Danilo Albero

Notas relacionadas