Tras los sentidos perdidos
Una reflexión de Borges me parece necesaria a la hora de pensar en los sentidos; es la primera de las cinco conferencias que dio en la Universidad de Belgrano y recopiladas en Borges Oral (1979): “De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio y el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y la imaginación”.
Esta meditación que involucra a la lectura como acto creativo en cualquier manifestación artística (literatura, música y artes plásticas se nutren e inspiran en libros) adquiere mayor densidad si tenemos en cuenta de que, al momento de la conferencia, Borges llevaba casi un cuarto de siglo formalmente ciego, había perdido la vista a los 56 años.
Nuestras interacciones con el medio que nos rodea y la posibilidad de aprender y compulsar con nuestros semejantes, están ligadas a los sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto (en sus dos acepciones: la que hace al toque y a la discreción); cuatro están ubicados en la cabeza y el último en la yema de los dedos como punto principal.
La carencia de alguno de ellos forma parte de distintas minusvalías: ceguera, sordera, anosmia y ageusia; la falta del tacto no tiene nombre, pero, como metáfora, su ausencia se identifica con el trato social y la vida pública; no poseerlo es síntoma de vulgaridad, mala educación o autoritarismo, muchas veces acompañado de coprolalia, que se identifica con el síndrome de Tourette, y quienes lo padecen cometen actos de insensatez, carentes de sentido o irracionales.
Existe un proceso de la memoria que relaciona el olor y el gusto con las reminiscencias o recuerdos rescatándolas del olvido; es conocido como “efecto proustiano” o “magdalena de Proust”, donde el pasado aflora de manera imprevista, sensorial e involuntaria, sin intervención de la inteligencia. El nombre proviene del recuerdo que le provoca al protagonista de Por el camino de Swann el sabor de una magdalena recién hecha mojada en té de tilo.
En una retrospectiva personal, recuerdo los olores y sabores de mi infancia y adolescencia en Mendoza; marca de primaveras y veranos, después de los fuertes y tórridos Zondas que llegaban del norte alrededor del mediodía. Con el atardecer venía la respuesta del sur: frescos vientos (con frecuencia tan intensos como los Zondas) a veces acompañados de lluvias, anunciadas por el aroma de jarilla húmeda. También permanece en mi memoria el olor de las panaderías; y el del escobajo y orujo que, a finales del verano, terminada la molienda diaria de la uva y la primera fermentación del vino nuevo, algunas bodegas arrojaban a las calles de tierra para asentarlas y consolidarlas; el del hinojo silvestre para alimentar los conejos, que a la hora de la siesta en verano íbamos a cosechar en la orilla de los zanjones.
Sobre esos aromas. uno sigue activo al presente: el olor del papel de los volúmenes viejos en negocios de libros usados y anticuarios, aroma que de niño descubrí en las primeras salidas a canjear revistas en aquellos entrañables negocios de compra y venta a un valor constante: dos usadas por una usada, tres usadas por una nueva; y, mientras escribo estas líneas, el del tabaco Balkan Sobranie de mis décadas de fumador de pipa. Algunos sabores persisten y es imposible conseguirlos en Buenos Aires: las empanadas mendocinas y las pizzas de “El Rincón de la Boca” en el Mercado Central.
Como a Los Beatles en Penny Lane, algunos sonidos están en mis oídos y ojos (Penny Lane is in my ears and in my eyes) y regresan con evocaciones: la siringa del heladero en el verano; y, en invierno, otro triciclo con la forma de una pequeña locomotora, ofreciendo maní caliente y castañas asadas, ambos servidos en cucuruchos de papel. Otro de mis preferidos: el gárrulo alboroto de los niños en los recreos de la escuela vecina que entran por la ventana de mi estudio; sonido que me remite a uno semejante, en las dos oportunidades que me alojé en un departamento en Coyoacán, enfrentado a un colegio, resonancias profundamente ligadas a los aromas del mercado, a la vuelta de mi departamento mexica, y el sabor de los churros recién hechos que vendían en un puesto próximo.
Otro sonido que me acude algunas noches de insomnio, contraveneno a los escapes abiertos de autos y motocicletas, es el crujido imperceptible que escuchaba en algunas salidas como andinista. Lo que el sol caldea, el frío de las estrellas contrae, y las rocas se estremecen levemente con chasquidos, y la inercia de esas moles en su temblor imperceptible todavía me sacude el alma; es lo que los arrieros supersticiosos llamaban “bramido de la sierra”, arrebujado en la bolsa de dormir, escuchaba a las piedras quejarse; en mi recuerdo e imaginación multiplicado por la noche como un eco, pensando que la cordillera, de Alaska a Tierra del Fuego, se cuarteaba.
Dos síntomas que nos dejó la pandemia de COVID 19 son la pérdida del gusto y del olfato, las tres vías de contagio están ligadas a los sentidos: nariz, boca y ojos, en muchos casos por contacto con las manos sin desinfectar, el sentido del tacto contaminado.
En estado consciente, los hay quienes tienen el sentido de la ubicación (que le ha sido extirpado a nuestra clase política y dirigente) y del equilibrio (ídem), a quienes carecen de ellos se les llama desubicados y desequilibrados. Además existe el sentido del humor; en lo que hace a música y danza está el del ritmo; también está el sentido común o capacidad de entender y analizar una situación de manera razonable y libre de prejuicios o ideologías; algunos están dotados del sentido de la orientación.
Una palabra polisémica, que bien puede haber sido la primera que pronunció el arcángel Gabriel a Mahoma cuando le dictó El Corán, es “siente” (en realidad fue “lee o recita”, pero en ambos casos estos actos están ligados a los sentidos). En sus primeras acepciones, sentir, es percibir por medio de algunos de los cinco sentidos, de la palabra deriva sentimiento, que alude a estados de ánimo.
Quizás muchas de nuestras diferencias se podrían solucionar, en aras de la supervivencia del homo sapiens (que pareciera no evolucionar del mono sino involucionar hacia el mono) si apeláramos a otro sentido. El sexto sentido, la capacidad de percibir de manera intuitiva lo que, en circunstancias ordinarias, pasa desapercibido.
Danilo Albero
