Leer para escribir
El primer paso educativo para organizar nuestro saber y pensamiento y fijarlos es la alfabetización, verba volant scripta manent; los primeros documentos escritos no fueron literarios y la literatura siguió otros rumbos. El universo creado por la Ilíada y Odisea, que sobrevive hasta hoy por escrito, durante siglos, fue transmitido a través de aladas verba volantia, palabras volátiles que transportaron la obra de Homero, como las abejas al polen, de bocas a oídos que las acobijaron y, como la ninfa Eco, las retransmitieron; “radio Bemba” la llaman los cubanos.
Por esta relación mitológica, en la antigüedad se le atribuyó orígenes divinos al conocimiento de la escritura; para los sumerios fue la diosa Inanna quien la robó a Enki, dios de la Sabiduría; los egipcios sostenían que era un don de Tot, Dios del Conocimiento; y los griegos la concebían como un presente de Prometeo. Cinco de las Nueve Musas protegen artes y ciencias ligadas a la escritura.
Merced a ella, la obra de Homero, ahora repetida como las palabras de la ninfa Eco, a través de manuscritos se volvió a elaborar en la Eneida, y descendientes de Eneas engendraron a Rómulo y Remo, fundadores de Roma. Así los ecos homéricos continuaron resonando hasta hoy y recalaron en la obra de James Joyce.
Pero los primeros documentos en tabletas de arcilla con escritura cuneiforme tuvieron un fin más prosaico, se encontraron en una biblioteca de tabletas, datadas en 6000 años de antigüedad, halladas en la ciudad de Uruk, en la ribera del río Éufrates; actual Irak. En ellas, la primera escritura abstracta del mundo, no se registran poesía ni correspondencia. Fueron usadas para llevar cuentas, regular el comercio y registros de recaudación de impuestos.
Recién, hace 25 siglos, en Babilonia se registró por primera vez, en tabletas de arcilla, El cantar de Gilgamesh, primer documento literario, cuya versión más completa aparece en un conjunto de doce tablillas pertenecientes a la biblioteca del siglo VII a. C. de Asurbanipal, rey asirio. Las once primeras narran la Epopeya de Gilgamesh, y la duodécima, contiene un poema independiente sobre el descenso de Enkidu a los infiernos. Este poema dejó su traza en la Ilíada, Odisea, Eneida, el Antiguo Testamento la Divina Comedia y continúa resonando hasta hoy.
Pensar y discernir como acto creativo, está ligado a seleccionar y contrastar información, cotejarla con nuestros saberes para elaborarlos, actividad que une al rosario de periodistas, investigadores, políticos y narradores. En este sentido la lectura tiene algo de sesión espiritista, otras voces aparecen en las páginas impresas que nos hablan de sus historias, Homero así lo hará en el comienzo de su Ilíada cuando invoca: “Canta, oh diosa, la cólera del Pélida Aquiles”. En esta dirección Borges reflexiona en su poema “Un lector” (Elogio de la sombra, 1969): “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; / Estoy orgulloso de las que he leído/… Mis noches están llenas de Virgilio/… desde Última Thule, / llega a mí tu voz, Snorri Sturluson”.
Los matemáticos y filósofos y polímatas griegos iniciaron el uso de la literatura como camino y manera de interpretar el universo, metodizar saberes y relacionar fenómenos: medicina y salud, la sicología humana y la justicia, el crecimiento de las plantas, el movimiento de los planetas. Para eso, como Jehová en el Génesis, empezaron por poner palabras a las cosas y fenómenos para relacionarlos. El principio de Arquímedes y la Poética de Aristóteles abrevaron en la misma Fuente Castalia. La literatura les facilitó no sólo imaginar fuerzas superiores que llamaban dioses, sino inventar conceptos con los que explicar y comprender el mundo. Nuestra cultura occidental debe casi todo a estos saberes griegos.
En lo personal, cuando transito un libro, no puedo separar portaminas y goma de borrar, estilográfica y secante; leer me implica subrayar y registrar vocablos e historias ignoradas para fijarlas con tinta en un relato. Obras de teatro, cuentos y novelas, si bien pueden referir a hechos históricos no necesariamente son sucesos verídicos, Víctor Hugo no estuvo en la batalla de Waterloo, ni Conrad en la invasión napoleónica a Rusia ni Alejo Carpentier en la independencia de Haití, tampoco Galdós en la Batalla de Trafalgar, pero las registraron en sus novelas. Jorge Luis Borges alude al concepto clásico de la suspensión voluntaria de la incredulidad, acuñado por el poeta Samuel Taylor Coleridge, para explicar el mecanismo de la fe poética y la aceptación de la ficción frente a la realidad.
La literatura, además, es un arte que ayuda a pensar en cualquier campo del saber; en 1964 el físico Murray Gell-Mann, bautizó cuark a la pequeña partícula subatómica que forma los protones y neutrones y tomó el nombre de un fragmento del Finnegans Wake, de James Joyce “¡Three quarks for Muster Mark!” («Tres pintas, o cuartos de cerveza, para el señor Mark»). Sólo un intelecto tenaz como el del físico, Murray Gell-Man, capaz de transitar el arduo Finnegans Wake, pudo recalaren su hallazgo del más arduo cuark.
En una realidad histórica, el melodrama indigerible La cabaña del tío Tom, la vida entre los humildes (Uncle Tom’s Cabin,Life Among the Lowly, 1852), de Harriet Beecher Stowe (un best seller, aún para valores actuales: más de medio millón de copias vendidas en menos de cinco años) le dio músculo y aliento a Lincoln y sus generales del bando de la Unión, para mantener los principios abolicionistas en medio de los reveses de la Guerra Civil Estadounidense. Sin embargo, La cabaña del tío Tom no deja de ser una historia insípida, más inconexa que rica en personajes elaborados, que destila una catarata de lágrimas y pathos; es la insoportable historia de un esclavo domado que lame la mano de los amos que limpian el piso con él.
Justicia poética, el escritor negro estadounidense Percival Everett, cuya poética son novelas paródicas de tenor político sobre su raza (en los dardos de su pluma no escapa el actual presidente de su país con su maquillaje naranja y párpados sombreados en color claro) reivindica a los esclavos en su última novela James (2024, ya traducida al español).
James es la reescritura de Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain contada desde la perspectiva del esclavo Jim. La novela subvierte la inocencia del clásico al revelar que Jim (cuyo verdadero nombre es James) es en realidad un hombre culto, astuto y profundamente inteligente que finge sumisión como estrategia de supervivencia. El libro explora el uso del cambio de código de conducta (code-switching) que los esclavos empleaban para no alertar a sus amos, Percival Everett contrasta la aparente ingenuidad del Jim tradicional con la dignidad y filosofía de James, un adulto pensante.
Ni bien fue publicada la novela, Steven Spielberg compró los derechos para su adaptación al cine; esperamos verla.
Danilo Albero
