Homo celularis

Hojear diarios por internet, tocando hipervínculos y saltando a nuevos links y noticias, ayuda a encontrar las cuentas del rosario de un relato. Historias formidables si esa ristra se enhebra con el sedal de links de otras notas afines esperando ser hilvanadas.

Leo en el portal del diario alemán DW las efemérides de acontecimientos que, junto con el cumpleaños de un presidente de cuyo nombre quiero olvidarme, cumplen ochenta años en 2026. Rescato dos notorias por lo rápido que se han vuelto obsoletas. Una es el bikini, creado por el ingeniero francés Renard y lucido por primera vez por una stripper; para nombrar esta prenda el diseñador se inspiró en el atolón Bikini, donde se hicieron pruebas con bombas atómicas. Hoy el bikini es un hábito monjil frente a las tangas hilo dental.

El otro aniversario fue el de la creación del ENIAC (Electronic Numerical Integrator And Computer, Computador e Integrador Numérico Electrónico), desarrollado por ingenieros estadounidenses, pero fueron seis mujeres quienes lo programaron. El ENIAC ocupaba un galpón de 170 metros cuadrados, pesaba 27 toneladas y hacía 5000 cálculos por segundo; millones de veces menos que un teléfono inteligente actual que pesa de menos de 200 gramos.

Todas estas ideas, asociadas con la noticia de DW sobre las efemérides, se detonaron al observar dos Femina celularis y un Homo celularis a los que, sentado en un vagón de subterráneo, pude estudiar y hacer su vivisección tranquilo. Por razones de prestaciones requeridas a sus móviles las dos bellas viajaban de pie, una, interesada en postear selfies, portaba un hiperbólico maquillaje; cada una de las uñas de titilantes y distintos colores, y anillos en todos los dedos. Su celular, con la parte posterior tapizada con pequeños cristales tipo Swarovski, remataba en dos orejitas naranja fluorescentes; me hizo recordar el comienzo de la película de dibujos animados La noche de los narices frías, donde distintas personas se pasean por la calzada con sus perros, en todo semejantes al aspecto de sus dueños. La otra bella, de pie y envidiable sentido del equilibrio, se maquillaba mirándose en la pantalla de su celular como si se estuviera filmando.

Hasta allí nada inusual en el uso de móviles. Pero el Homo celularis, sentado a mi lado, con pinganillos en cada oído observaba una filmación, supuse que era algún evento de amigos o familiares; resultó ser una telenovela. Ya en casa averigüé que se trata de una nueva oferta para teléfonos móviles, miniseries de alrededor de100 episodios y una duración que varía entre 1 y 3 minutos. Son producidas y realizadas para ser vistas sólo en celulares, para ello son filmadas en formato vertical. Su fin es entretener al consumidor en cualquier momento del día en los que tenga unos minutos libres, viajes, en una espera o descansos durante el trabajo. Supongo que nadie se toma gratis ese trabajo de producción.

Hace años los científicos acuñaron el término Antropoceno (del griego anthropos, “ser humano” y kainos, “nuevo”); para definir el impacto global provocado por el Homo sapiens, la revolución industrial y los cambios derivados, los más conspicuos: contaminación ambiental, desforestación, extinción de especies animales y vegetales y recalentamiento global. En la actualidad, la creciente industria de los celulares y materiales que demanda su elaboración: litio, cobalto, níquel, cobre, oro, tierras raras y alto consumo de agua, añade contaminación ambiental; además cada año se desechan millones de teléfonos arrojados en vertederos. Serie de cambios que llevan a hablar de un nuevo período, el Celularceno o Smartphoneceno, y éste propicia el desarrollo del Homo celularis, paso evolutivo de nuestra especie que amenaza con desplazar al Homo sapiens y hacerlo desaparecer de la faz de la tierra, así como, en su tiempo, desapareció el Homo neanderthalensis, que no supo adaptarse como lo hizo el Homo sapiens. Y este Homo celularis ha adquirido en un corto periodo de tiempo habilidades que le son esenciales a la hora de propiciar su adaptación al reciente entorno, en este caso un mundo cuyo componente virtual gana terreno mientras la realidad se desdibuja. Esta nueva especie se está extendiendo con un éxito abrumador en toda la tierra gracias a su capacidad de hiper comunicación e hiperinformación sin necesidad de hablar ni tener que esperar al telediario. Todo gracias al desarrollo de nuevas habilidades comunicacionales, como el guasapeo, tuiteoyretuiteo, que sólo exigen el uso de los pulgares o afiladas uñas esculpidas.

Un artículo de la BBC habla de algunas de las características físicas del Homo celularis; atrofia de los músculos del cuello y alteración de su forma, el llamado “cuello tecnológico” (“tech neck”), incremento de la miopía, perdida de fuerza y destreza manual. Para más inri, las funciones del celular ha reemplazado innumerables operaciones e instrumentos (mapas, cámaras fotográficas, despertadores, grabadores, radios y reproductores de música) y con ello desaparecen destrezas. Con el celular se pueden realizar operaciones bancarias, pagar tickets de transportes públicos, check-ins en aeropuertos, hace poco vi en nuestro edificio a un vecino que, en vez de la llave magnética, usaba un código QR de su móvil. En lugar de una charla personal, o un e-mail, nos estamos reduciendo a escuetos diálogos por WhatsApp, muchas veces reducidos a emojis. Por su parte, las redes sociales levantan de la nada o hacen desaparecer a influencers. Sin contar con que viralizan sus pavadas difundidas inclusive en la prensa seria. ¿Cuántos recuerdan hoy a los patéticos “therians”?, nueva variedad de zoantropía, entre los jóvenes de las redes, que hasta un par de meses, eran la noticia que competía con la guerra de Ucrania o el genocidio de Gaza.

En los últimos años de su vida Umberto Eco, en una serie de ensayos sobre el uso obsesivo del celular y las redes sociales, consideró que generaba una “adhesión total al presente” y una damnatio memoriae transformándonos en esclavos de la inmediatez. Para concluir que las redes sociales (hijas dilectas de los teléfonos inteligentes) son un megáfono de la ignorancia quedaban el mismo nivel de relevancia a la opinión de una “legión de idiotas” que a la de un premio Nobel.

Hoy un celular de última generación tiene más potencia que la computadora que usaron los primeros astronautas, con ellos en la mano tenemos la “Biblioteca de Babel” borgeana. Todo el saber universal pulsando botones.

Pero muchos especímenes de Homo celularis optan por miniseries de pocos minutos de duración.

Danilo Albero

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