Un satori e infinitos recuerdos

Hace cinco años, un amigo, escritor mendocino, me envió por e-mail el manuscrito de su última novela, cruzamos lecturas y comentarios. No volvió sobre ella, pero yo he vuelto a hojearla, avancé en el primer capítulo y tuve una revelación que me llevó a adelantarme una decena de páginas, terminé releyéndola de manera sesgada y salteando párrafos.

La novela trata sobre una leyenda que se contaba en mi infancia, la historia de una mansión, ubicada en Avenida de Bandera de los Andes, casi frente a la escuela donde hice la primaria, y por cuya vereda pasé infinitas veces durante los siete años que vivimos en esa “cuadra”; escribí la palabra entre comillas porque la cuadra, entre Cañadita Alegre y Sarmiento, tenía alrededor de un kilómetro de largo y estaba delineada por muros, que ocultaban viñedos, una pequeña bodega y una fábrica de aceite de oliva, intercalados con casas. Una de ellas, el conventillo, en el 2447, donde vivíamos.

De manera paralela a la lectura del manuscrito, empecé a tomar notas de estas evocaciones y mi primer paso fue, como un detective cuando busca huellas en la escena de un crimen, consultar en Google Maps aquellos poco más de mil metros de Avenida Bandera de los Andes; fue una sorpresa. Si bien sigue allí la vereda, donde estaba el conventillo (ahora es un chalet con garaje) no existe la fábrica de aceite de oliva, reemplazada por un supermercado con el mismo apellido de la familia. Colindante al costado derecho del conventillo, donde estaba la fábrica de carrocerías Blasco, un matrimonio de refugiados republicanos, cuya hija Teresa, la menor de los tres hermanos, me prestaba revistas de historietas; es ahora una concesionaria de autos con un extenso parking y, al lado, un hospital pediátrico.

También la escuela donde hice la primaria cambió, la otrora Escuela Nacional 23 Córdoba pasó a ser Escuela 1060 Provincia de Córdoba. Desapareció el viejo caserón de adobones y anchas paredes que nos obligaban a caminar por grandes troneras para abrir las ventanas, protegidas por rejas combas de hierro forjado. En su lugar un moderno edificio donado por el filántropo Roger Balet; recuerdo que el himno de nuestra escuela hablaba de: “la campana nos llama al trabajo, la campana nos llama al deber…. en su patio enorme y alegre nos da sombra un aguaribay”; ¿seguirá existiendo esa campana y ese árbol o también fue necesario cambiar el himno?

Pero el cambio radical ocurrió en la vereda hacia la izquierda de la escuela, en ese kilómetro que va hasta la calle Sarmiento, han desaparecido huertas olivares y viñedos de varias cuadras de profundidad. En su lugar una nueva urbanización, para mí desconocida, que avanza hacia el norte, entrecruzada por calles, antes inexistentes. Donde con mis amiguitos habíamos paseado en bicicleta, cruzado arroyos sobre puentes hechos con troncos de álamos y pescado cangrejos de río y mojarritas, ahora seis calles nuevas abren a otras y otros barrios donde vislumbro plazas, un apart hotel, barrios elegantes, boutiques, un colegio bilingüe, un gimnasio con piscina cubierta y un par de clínicas.

Vuelvo a la mansión de la novela de mi amigo. Según se contaba fue construida en las primeras décadas del siglo pasado, tenía un frente de rejas y estaba antecedida por un pequeño parque que dejaba ver el frente con una escalera en caracol que llevaba a un mirador; de ella se decía que, por sus cuartos, rondaba el fantasma de un tapiado en vida. El hecho de que, por las noches, pese a ver alguna luz en el interior, no se observaba movimiento de gente, tampoco en cualquier hora del día, añadía condimento a la leyenda que la envolvía; misterio incrementado porque, frente al garaje del pequeño parque, a veces veíamos estacionada una reluciente cupé Studebaker roja con neumáticos de banda blanca, pero nunca vimos conductor ni pasajeros, como si el auto fuese conducido y tripulado por espectros. Sabíamos de marcas de autos y camiones porque la Avenida Bandera de los Andes era la ruta de acceso por la que pasaban los automóviles que corrían los Premios Nacionales de Turismo de Carretera y vía de salida de camiones tanque que llevaban vino rumbo a la capital.

Este nuevo planeo sobre el manuscrito me causó una colisión entre palabras, y revividos recuerdos e imágenes y éstos, así como la pleamar reflota y trae restos desde el fondo del océano que nos hablan de un antiguo naufragio, me llevaron al cuasi relegado período de mis seis a trece años, cuando descubrí el arcano de la correspondencia entre imágenes, palabras y experiencias narradas. Fueron años de lecturas: Verne, Salgari, Stevenson, Dumas, Conan Doyle y Poe, también un momento de mi vida en que pasé, con mis amiguitos, gran parte de mis horas libres en bicicleta, recorriendo el inmenso barrio y sus muy distantes vecindades.

Así he llegado a pensar si aquellos seis años existieron o los he inventado. Salvo por un detalle y nexo entre lo desaparecido y lo que permanece. Porque la casona sigue en pie, de una charla telefónica con mi amigo supe que los actuales propietarios la habían restaurado y recobraron su esplendor original, desconocido cuando yo vivía en el barrio. Los años en que pasé frente a ella fueron de domingos de cine, y películas de monstruos, como el de la Laguna Negra, Frankestein y Drácula, fotonovelas, revistas de historietas donde se recreaban novelas románticas y truculentas, protagonizadas por ladrones como Asène Lupin y Raffles, también relatos de terror y misterio, que nos hacían temer antes de apagar la luz para dormirnos.

Por eso atravesar de noche frente a esa mansión, con su jardín a oscuras, donde a veces titilaba una tenue luz, nos hacía imaginar alguna puerta entornada, donde bien podía asomarse el fantasma de la víctima intentando escapar o sus victimarios persiguiéndolo por el jardín. Detalles que, después del atardecer, nos llevaban a caminar lo más apartado posible de su verja, pegados al cordón de la calzada.

Hoy, la leyenda de la casa que escuché de niño está revelada, pero su historia, me llevó a exhumar e hilvanar mis recuerdos para reunirlos en una versión definitiva, aunque ha desaparecido la geografía que los contenía (así como la bombona resguarda un perfume); por lo tanto, si no los encuentro deberé inventarlos. Entonces, de mis remembranzas fluirán mentiras, pero también se mezclarán con algunas verdades que son refutación de mentiras.

Pero, lo más importarte, releer el manuscrito, me ha provocado un satori, concepto budista del instante en que se nos revela que solo existe el presente y de él nacen nuestro pasado y futuro. Y que es el momento de empezar a fijar mis recuerdos, viejos o inventados, en el papel.

Porque palabras y recuerdos vuelan, lo escrito permanece y los fija, como la historia oculta detrás de una foto, cuyos protagonistas sólo conocen sus parientes e íntimos.

Danilo Albero

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