Kairós, Chronos y Tyché
Una de las estatuas relatadas, actual y vigente en su simbolismo, es un bronce que representa a Kairós (dios de la Oportunidad): “… un niño resplandeciente de pies alados, como el dios Mercurio, parado en una esfera. Su cabellera de bucles alborotados y sueltos, al objeto de que el viento sur la agite hacia donde quiera, cae sobre las cejas y se abre en las mejillas…”.
Un detalle, omitido por Calístrato, agregado por pintores y escultores en futuras representaciones y con el cual conocemos a Kairós actualmente, es que desde la parte superior de su cabeza hasta la nuca está rapada; Oportunidad es fácil de asir cuando se acerca; una vez pasada no es posible atraparla. De allí el refrán “a la ocasión la pintan calva”, no hay que vacilar, sino tener la decisión para no perder la ocasión. También en la locución “por un pelo”, para indicar el escaso margen en que se consiguió o perdió algo.
La oportunidad para los griegos relaciona el concepto de fugacidad de Kairós, opuesto a Chronos. Kairós es el instante en que una circunstancia se nos presenta como un momento de calidad y disfrute, cuando se está inmerso en una experiencia placentera y se pierde noción del momento que a veces no podemos aprovechar. Ya Chronos (que los romanos identificaron con Saturno) es el tiempo que se acumula y registra en calendarios y relojes.
Chronos se casó con su hermana Rea y luego fue anoticiado de que sería destronado por uno de sus hijos; ante el vaticinio optó por devorarlos cuando nacían (así lo representa Goya en una de sus pinturas negras). Su particular dieta que bauticé theobroma (de griego theos = dios y broma = alimento) incluyó a casi todos los dioses del Olimpo; cuando nació Zeus, Rea engañó al padre con una piedra envuelta en pañales y ocultó al niño en la tierra para que fuera educado a escondidas. Ya adulto, Zeus, ayudado por su madre, atacó al padre y lo hizo vomitar sus hermanos: Un supérstite de la dieta de Chronos remite a nuestra mesa con el fruto del Theobroma cacao, nombre científico del chocolate, alimento adictivo y que reina en el Olimpo de la confitería y repostería.
Justamente por ser fugaz, Kairós tiene un origen incierto, se lo supone hijo de Zeus, pero se ignora quién fue su madre y si tuvo descendientes; pero su presencia es una constante en el arte y la retórica. María Elena Walsh nos recrea la búsqueda de este tiempo en su Marcha de Osías, el osito en mameluco, cuando entró a un bazar de la calle Chacabuco para hacer su compra y pidió: “… quiero tiempo pero tiempo no apurado / tiempo de jugar que es el mejor / por favor, me lo da suelto y no enjaulado / adentro de un despertador…”.
En retórica y oratoria, Kairós alude al momento adecuado para exponer nuestros argumentos (también hace a normas de etiqueta y cortesía), el carácter fugaz e inasible de estas situaciones imprevistas, el instante en que algo (un argumento, decisión o acción) nos lleva a tomar una decisión; debemos actuar de inmediato o perder la chance para siempre.
Este momento decisivo en que perdemos la posibilidad, hizo a Diderot acuñar la frase “el ingenio de la escalera” (l’esprit de l’escalier), que refiere al instante en que se nos ocurre la frase o respuesta indicada, pero ya es tarde, porque estamos bajando la escalera de la tribuna y el debate concluyó; el mismo tiempo rige en las payadas o en un pase acertado en algún juego de equipo.
Dentro de la literatura hay tres términos ligados con el uso de las palabras y que demandan, al momento de argumentar, la protección de Kairós: bon mot (observación hábil e ingeniosa); mot juste (la correcta para la ocasión) y mot propre (el término preciso).
La puerta de acceso a estos instantes iluminados por Kairós, tiene de custodia a la diosa Tyché (tyché, en griego es un sustantivo polisémico y de significados antónimos refiere a: prosperidad o adversidad, éxito o fracaso, dicha o desdicha). Tyché, hija de Zeus, es la diosa y personificación de la “suerte” o “casualidad”, a quien le ha sido otorgado el poder para decidir la fortuna de cada mortal o comunidad. A algunos les concede abundantes dones con su cuerno de la prosperidad, mientras que a otros les arrebata lo que poseen. Sus decisiones son imprevisibles: se mueve de un lado a otro, jugando con una pelota para mostrar la inestabilidad de la suerte, que unas veces se eleva y otras, cae.
Los romanos la identificaron con Fortuna, nombre con el que la conocemos, y rige la prosperidad de un individuo o comunidad; la representaron con el cuerno de la abundancia, haciendo malabarismos o con una pelota para simbolizar lo incierto de sus designios. Puede agraciarnos con su cornucopia o las diez plagas de Egipto, con el triunfo o los Cuatro Jinetes del Apocalipsis.
Borges da cuenta de sus caprichos en el cuento “La lotería en Babilonia” (Ficciones, 1941): “Como todos los hombres de Babilonia, he sido procónsul; como todos, esclavo; también he conocido la omnipotencia, el oprobio, las cárceles… Debo esa variedad casi atroz a una institución que otras repúblicas ignoran o que obra en ellas de modo imperfecto y secreto: la lotería. No he indagado su historia; sé que los magos no logran ponerse de acuerdo; sé de sus poderosos propósitos lo que puede saber de la luna el hombre no versado en astrología. Soy de un país vertiginoso donde la lotería es parte principal de la realidad.”
Pero la relación secreta que conjuga a Kairós y Tyché es coincidir en espacio y tiempo, la buena fortuna debe aparecer junto con la oportunidad, caso contrario, las dos se desvanecen. Y esta circunstancia la relata Dino Buzzati, en El desierto de los tártaros; Giovanni Drogo es destinado a la Fortaleza Bastiani, una guarnición de frontera y último puesto de avanzada en el norte del Reino, que domina la desolada llanura; el “desierto de los tártaros”. Drogo pasó su vida a la espera de la invasión de los tártaros. Cuando Fortuna los hizo llegar ya había perdido Oportunidad; era muy viejo para combatirlos y fue enviado a retaguardia.
Danilo Albero
